Se nota a la legua que Melchor Mosca es un policía de los recios. Mezcla extraña entre cualquier camionero que se dirige ahora mismo hacia Campana con el incontrastable Mono Mario, el tipo está siempre dispuesto para llamar por el nombre (vulgar) a las partes más llamativas del cuerpo femenino. Su compañero, el oficial Carlos Smith, en cambio, es un tierno. Combina perfectamente el tonito del Ñoño (personaje del Chavo) con esa gracia automática de “afro nacido en Barracas” que baila en la Plaza Francia los domingos a la tarde. Aunque uno es adicto a las prostitutas y el otro a su novia de la adolescencia, los dos están unidos por el buen rating y también por el espanto: recibieron críticas por sus constantes “ataques” a las diversas comunidades extranjeras que habitan en el barrio de Once.
Después de tres capítulos, “Mosca y Smith”, la miniserie ideada por Ramiro Agulla y Carlos Baccetti, tuvo repercusiones de todo tipo. Que “está muy buena”, dijeron los más optimistas, esos que le ven el costado bonito a todo. Que “está pasable”, comentaron otros más cautelosos, esos que tampoco se juegan demasiado con sus opiniones. Que “es un bochorno, que está mal hecha, que es discriminatoria y que el guión es simplemente pésimo”, agregaron aquellos que, definitivamente, no andan con vueltas para mirarle el lado oscuro a toda cuestión todavía no tan clara. Lo cierto es que, entre blancos y negros (también grises o amarillos como se verá más adelante) la miniserie protagonizada por Fabián Vena y Pablo Rago consiguió que varios "expertos" hablaran muchísimo de ella, aunque basándose en un punto muy especial: ¿existen rasgos de xenofobia en el ciclo?
Los que dijeron que sí se apoyaron en esos constantes chistes de la serie que homenajean a los peruanos, a los paraguayos, a los bolivianos, a los chinos, a los coreanos, a los judíos y a muchos otros habitantes del recontra populoso barrio de Once. Para que se entienda: cuando Mosca le dice algo a Smith (o viceversa) sobre alguno de sus malhechores, de ninguna manera utiliza nombres de pila o apellidos, sino que solamente dice “el paraguayo tal cosa”, “el chino este tal otra”, y así con otros. Expresiones lo suficientemente naturales, espontáneas y corrientes en la Argentina posmoderna como para que esos puristas que siempre se horrorizan por todo vuelvan a hacerlo con la furia más salvaje. Así fue como Moisés Iconicoff comentó, junto a Mauro Viale, que ya había recibido quejas de la DAIA (Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas) sobre el programa y salió a decirles cualquier cosa, menos lindos...
Más inocentes que los comentarios de Iconicoff, están los dichos de esos famosos (Pergolini, Tauro, Ventura, Pettinato) que creen que el ciclo, lejos de caer en la xenofobia, cae en una repetición de tonterías superlativas. Basta escuchar algunos pasajes del guión de Rago para avalar (o no) semejante hipótesis: “A mí me gusta bailar el vals de Santiaguito Bals” (ji, ji) o “ahora me ves, ahora no me ves” (jo, jo), juega Smith con una gracia que no llega a ser totaaaalmente absurda ni totaaaalmente graciosa. Sea como sea, entre acusaciones de diversos calibres, estas son las veces en las que uno tiene ganas de parar el mundo, de levantarse del sillón del living y de gritar con fuerza: “Ey, amigos, no se emocionen tanto, después de todo, esto es sólo es sólo una fi-cción, sólo un programa de te-le-vi-sión, no es la realidad”. Seguramente, la vida fuera del aparato es mucho peor. Pero, claro, ahí son pocos los que levantan la voz. Total, no se ve..
Después de tres capítulos, “Mosca y Smith”, la miniserie ideada por Ramiro Agulla y Carlos Baccetti, tuvo repercusiones de todo tipo. Que “está muy buena”, dijeron los más optimistas, esos que le ven el costado bonito a todo. Que “está pasable”, comentaron otros más cautelosos, esos que tampoco se juegan demasiado con sus opiniones. Que “es un bochorno, que está mal hecha, que es discriminatoria y que el guión es simplemente pésimo”, agregaron aquellos que, definitivamente, no andan con vueltas para mirarle el lado oscuro a toda cuestión todavía no tan clara. Lo cierto es que, entre blancos y negros (también grises o amarillos como se verá más adelante) la miniserie protagonizada por Fabián Vena y Pablo Rago consiguió que varios "expertos" hablaran muchísimo de ella, aunque basándose en un punto muy especial: ¿existen rasgos de xenofobia en el ciclo?
Los que dijeron que sí se apoyaron en esos constantes chistes de la serie que homenajean a los peruanos, a los paraguayos, a los bolivianos, a los chinos, a los coreanos, a los judíos y a muchos otros habitantes del recontra populoso barrio de Once. Para que se entienda: cuando Mosca le dice algo a Smith (o viceversa) sobre alguno de sus malhechores, de ninguna manera utiliza nombres de pila o apellidos, sino que solamente dice “el paraguayo tal cosa”, “el chino este tal otra”, y así con otros. Expresiones lo suficientemente naturales, espontáneas y corrientes en la Argentina posmoderna como para que esos puristas que siempre se horrorizan por todo vuelvan a hacerlo con la furia más salvaje. Así fue como Moisés Iconicoff comentó, junto a Mauro Viale, que ya había recibido quejas de la DAIA (Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas) sobre el programa y salió a decirles cualquier cosa, menos lindos...
Más inocentes que los comentarios de Iconicoff, están los dichos de esos famosos (Pergolini, Tauro, Ventura, Pettinato) que creen que el ciclo, lejos de caer en la xenofobia, cae en una repetición de tonterías superlativas. Basta escuchar algunos pasajes del guión de Rago para avalar (o no) semejante hipótesis: “A mí me gusta bailar el vals de Santiaguito Bals” (ji, ji) o “ahora me ves, ahora no me ves” (jo, jo), juega Smith con una gracia que no llega a ser totaaaalmente absurda ni totaaaalmente graciosa. Sea como sea, entre acusaciones de diversos calibres, estas son las veces en las que uno tiene ganas de parar el mundo, de levantarse del sillón del living y de gritar con fuerza: “Ey, amigos, no se emocionen tanto, después de todo, esto es sólo es sólo una fi-cción, sólo un programa de te-le-vi-sión, no es la realidad”. Seguramente, la vida fuera del aparato es mucho peor. Pero, claro, ahí son pocos los que levantan la voz. Total, no se ve..




Todo el glam, boló! 
![Egel de mi vida [?]](images/smilies/loveegel.gif)
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