A la deriva (Quiroga)

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  • Segundo Aguilera
    Pelotudo
    • 28-04-2009
    • 615

    #1

    A la deriva (Quiroga)

    El hombre pisó algo blanco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volver con un insulto vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.

    El hombre miró rápido su pie, donde dos gotitas gruesas de sangre salian dificultosamente, y sacó el machete de la cintura.
    La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó en su cuerpo y le dislocó las vértebras.

    El hombre se agachó para ver la mordedura y quitó las gotitas de sangre. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ató el tobillo con su pañuelo y siguió por el camino hacia su casa.

    El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fuertes, rápidas y dolorosas puntadas que habían irradiado desde la herida hasta la mitad del pié.
    Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de una sed que le quemaba, hizo que insultase al aire de nuevo.

    Llegó por fin a su casa y se apoyó sobre la rueda de su molino.
    Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero.
    La piel parecía adelgazada y a punto de ceder de lo tensa que estaba. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

    -¡Dorotea! -alcanzó a gritar-. ¡Dame caña1!

    Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre tomó en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

    -¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!

    -¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.

    -¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, dale!

    La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

    -Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya parecido a un pié gangrenoso.
    Sobre la ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

    Los dolores aparecian como relámpagos y llegaban ahora a la ingle.
    La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía calentar más, aumentaba a la par.
    Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.

    Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Se sento en la popa y comenzó a moverse hasta el centro del Paraná.
    Allá la corriente del río lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

    El hombre, con sombría energía, pudo llegar hasta el medio del río; pero en ese momento sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya se ocultaba en el monte.

    La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó el pañuelo y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso.
    El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su amigo Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban peleados.

    La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar.
    Se arrastró por el camino que iba hacia arriba. Pero a los veinte metros, cansado, quedó tendido de pecho.

    -¡Alves! -gritó con la fuerza que pudo; y prestó atencion en vano.

    -¡Alves, amigo! ¡No me niegues este favor! - pidió de nuevo, levantando la cabeza del suelo.
    En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, agarrándola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

    El Paraná corre allá en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes altas hasta los 100 metros, encajonan fúnebremente el río.
    Desde las orillas negras, asciende el bosque, negro tambien.
    Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

    El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío.
    Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

    El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo.
    Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

    El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su amigo Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón el Sr Dougald, y al recibidor del obraje.

    ¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya apagada, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

    Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino.
    El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón el Sr Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.

    De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.

    ¿Qué sería? Y la respiración...

    Al recibidor de maderas del Sr Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...

    El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

    -Un jueves...

    Y cesó de respirar.




    Una historia buenisima.
  • semen!
    EN BARRA
    • 11-12-2007
    • 28137

    #2
    si pero

    diwa says: "la gente se muere, la familia llora, y a vos te chupa un huevo"

    Comentario

    • elnenebueno
      ڪے
      • 15-09-2004
      • 5266

      #3
      Lo leí hace mas de 15 años en el secundario...


      sniff...

      Comentario

      • Candy
        High Princess
        • 18-01-2004
        • 8364

        #4
        cuentos de amor, de locura y de muerte

        que BUEN libro

        Comentario

        • Bird_CRUNCHER!
          Judía caderona
          • 25-09-2005
          • 12783

          #5
          Quiroga, enfermo retratando sin parar su vida trágica en sus libros.

          Comentario

          • semen!
            EN BARRA
            • 11-12-2007
            • 28137

            #6
            Originalmente publicado por Silvy
            cuentos de amor, de locura y de muerte

            que BUEN libro
            no es de ese libro, es de "Cuentos de la selva"

            aunque te pudo venir mezclado igual

            diwa says: "la gente se muere, la familia llora, y a vos te chupa un huevo"

            Comentario

            • Fantoche
              Karen Burger
              • 30-05-2008
              • 6321

              #7
              Conocer a Quiroga debió ser una experiencia "=O"

              Si pudiese viajar al pasado él sería uno de los que me gustaria conocer primero.

              Comentario

              • elnenebueno
                ڪے
                • 15-09-2004
                • 5266

                #8
                Originalmente publicado por Kei Kurono
                no es de ese libro, es de "Cuentos de la selva"

                aunque te pudo venir mezclado igual


                Juaj. NO.

                Pertenece a Cuentos de Amor, Locura y muerte.



                Te lo dice un pariente "casi" cercano a Horacio Quiroga.

                Comentario

                • elnenebueno
                  ڪے
                  • 15-09-2004
                  • 5266

                  #9
                  Originalmente publicado por Bird_CRUNCHER!
                  Quiroga, enfermo retratando sin parar su vida trágica en sus libros.
                  Che, pero el tipo no estaba tan mal del bocho, los sucesos tragicos en su vida lo marcaron mucho, estuvo rodeado de mucha agonia, sufrimiento y muerte. (Mueren sus hermanas cuando el tiene solo 2 meses, mató accidentalmente a su amigo cuando solo tenia 24 años, su padrastro se pega un tiro delante de el, su esposa se suicida y el termiana haciendo los mismo al enterarse de su incurable cancer.

                  Por eso buscaba la calma de los lugares mas alejados de la civilización.

                  Comentario

                  • Bird_CRUNCHER!
                    Judía caderona
                    • 25-09-2005
                    • 12783

                    #10
                    Che acabo de hacer un trabajo sobre un cuento de quiroga y su biografía, la leí toda, no me la tenes que contar.
                    Pero es verdad que sufrió y lo retrata en sus obras y no tiene nada de malo che, está bueno.

                    Comentario

                    • semen!
                      EN BARRA
                      • 11-12-2007
                      • 28137

                      #11



                      :O =O

                      diwa says: "la gente se muere, la familia llora, y a vos te chupa un huevo"

                      Comentario

                      • Segundo Aguilera
                        Pelotudo
                        • 28-04-2009
                        • 615

                        #12
                        Los cuentos de Quiroga los encontré en un libro de Lengua 1 del CIU de Córdoba (que tiene fecha de 1986), revisando entre las cosas que hay en el sótano.


                        Tambien me encontré con este, se llama "El muerto" y es de Borges... alguien a quien nunca en mi vida habia leido y que voy a empezar.

                        El Muerto:

                        Que un hombre del suburbio de Buenos Aires, que un triste compadrito sin más virtud que la infatuación del coraje, se interne en los desiertos ecuestres de la frontera del Brasil y llegue a capitán de contrabandistas, parece de antemano imposible. A quienes lo entienden así, quiero contarles el destino de Benjamin Otálora, de quien acaso no perdura un recuerdo en el barrio de Balvanera y que murió en su ley, de un balazo, en los confines de Río Grande do Sul. Ignoro los detalles de su aventura; cuando me sean revelados, he de rectificar y ampliar estas páginas. Por ahora, este resumen puede ser útil.

                        Benjamín Otálora cuenta, hacia 1891, diecinueve años. Es un mocetón de frente mezquina, de sinceros ojos claros, de reciedumbre vasca; una puñalada feliz le ha revelado que es un hombre valiente; no lo inquieta la muerte de su contrario, tampoco la inmediata necesidad de huir de la República. El caudillo de la parroquia le da una carta para un tal Azevedo Bandeira, del Uruguay. Otálora se embarca, la travesía es tormentosa y crujiente; al otro día, vaga por las calles de Montevideo, con inconfesada y tal vez ignorada tristeza. No da con Azevedo Bandeira; hacia la medianoche, en un almacén del Paso del Molino, asiste a un altercado entre unos troperos. Un cuchillo relumbra; Otálora no sabe de qué lado está la razón, pero lo atrae el puro sabor del peligro, como a otros la baraja o la música. Para, en el entrevero, una puñalada baja que un peón le tira a un hombre de galera oscura y de poncho. Éste, después, resulta ser Azevedo Bandeira. (Otálora, al saberlo, rompe la carta, porque prefiere debérselo todo a sí mismo.) Azevedo Bandeira da, aunque fornido, la injustificable impresión de ser contrahecho; en su rostro, siempre demasiado cercano, están el judío, el negro y el indio; en su empaque, el mono y el tigre; la cicatriz que le atraviesa la cara es un adorno más, como el negro bigote cerdoso.

                        Proyección o error del alcohol, el altercado cesa con la misma rapidez con que se produjo. Otálora bebe con los troperos y luego los acompaña a una farra y luego a un caserón en la Ciudad Vieja, ya con el sol bien alto. En el último patio, que es de tierra, los hombres tienden su recado para dormir. Oscuramente, Otálora compara esa noche con la anterior; ahora ya pisa tierra firme, entre amigos. Lo inquieta algún remordimiento, eso sí, de no extrañar a Buenos Aires. Duerme hasta la oración, cuando lo despierta el paisano que agredió, borracho, a Bandeira. (Otálora recuerda que ese hombre ha compartido con los otros la noche de tumulto y de júbilo y que Bandeira lo sentó a su derecha y lo obligó a seguir bebiendo.) El hombre le dice que el patrón lo manda buscar. En una suerte de escritorio que da al zaguán (Otálora nunca ha visto un zaguán con puertas laterales) está esperándolo Azevedo Bandeira, con una clara y desdeñosa mujer de pelo colorado. Bandeira lo pondera, le ofrece una copa de caña, le repite que le está pareciendo un hombre animoso, le propone ir al Norte con los demás a traer una tropa. Otálora acepta; hacia la madrugada están en camino, rumbo a Tacuarembó.

                        Empieza entonces para Otálora una vida distinta, una vida de vastos amaneceres y de jornadas que tienen el olor del caballo. Esa vida es nueva para él, y a veces atroz, pero ya está en su sangre, porque lo mismo que los hombres de otras naciones veneran y presienten el mar, así nosotros (también el hombre que entreteje estos símbolos) ansiamos la llanura inagotable que resuena bajo los cascos. Otálora se ha criado en los barrios del carrero y del cuarteador; antes de un año se hace gaucho. Aprende a jinetear, a entropillar la hacienda, a carnear, a manejar el lazo que sujeta y las boleadoras que tumban, a resistir el sueño, las tormentas, las heladas y el sol, a arrear con el silbido y el grito. Sólo una vez, durante ese tiempo de aprendizaje, ve a Azevedo Bandeira, pero lo tiene muy presente, porque ser hombre de Bandeira es ser considerado y temido, y porque, ante cualquier hombrada, los gauchos dicen que Bandeira lo hace mejor. Alguien opina que Bandeira nació del otro lado del Cuareim, en Rio Grande do Sul; eso, que debería rebajarlo, oscuramente lo enriquece de selvas populosas, de ciénagas, de inextricable y casi infinitas distancias. Gradualmente, Otálora entiende que los negocios de Bandeira son múltiples y que el principal es el contrabando. Ser tropero es ser un sirviente; Otálora se propone ascender a contrabandista. Dos de los compañeros, una noche, cruzarán la frontera para volver con unas partidas de caña; Otálora provoca a uno de ellos, lo hiere y toma su lugar. Lo mueve la ambición y también una oscura fidelidad. Que el hombre (piensa) acabe por entender que yo valgo más que todos sus orientales juntos.

                        Otro año pasa antes que Otálora regrese a Montevideo. Recorren las orillas, la ciudad (que a Otálora le parece muy grande); llegan a casa del patrón; los hombres tienden los recados en el último patio. Pasan los días y Otálora no ha visto a Bandeira. Dicen, con temor, que está enfermo; un moreno suele subir a su dormitorio con la caldera y con el mate. Una tarde, le encomiendan a Otálora esa tarea. Éste se siente vagamente humillado, pero satisfecho también.

                        El dormitorio es desmantelado y oscuro. Hay un balcón que mira al poniente, hay una larga mesa con un resplandeciente desorden de taleros, de arreadores, de cintos, de armas de fuego y de armas blancas, hay un remoto espejo que tiene la luna empañada. Bandeira yace boca arriba; sueña y se queja; una vehemencia de sol último lo define. El vasto lecho blanco parece disminuirlo y oscurecerlo; Otálora nota las canas, la fatiga, la flojedad, las grietas de los años. Lo subleva que los esté mandando ese viejo. Piensa que un golpe bastaría para dar cuenta de él. En eso, ve en el espejo que alguien ha entrado. Es la mujer de pelo rojo; está a medio vestir y descalza y lo observa con fría curiosidad. Bandeira se incorpora; mientras habla de cosas de la campaña y despacha mate tras mate, sus dedos juegan con las trenzas de la mujer. Al fin, le da licencia a Otálora para irse.

                        Días después, les llega la orden de ir al Norte. Arriban a una estancia perdida, que está como en cualquier lugar de la interminable llanura. Ni árboles ni un arroyo la alegran, el primer sol y el último la golpean. Hay corrales de piedra para la hacienda, que es guampuda y menesterosa. El Suspiro se llama ese pobre establecimiento.

                        Otálora oye en rueda de peones que Bandeira no tardará en llegar de Montevideo. Pregunta por qué; alguien aclara que hay un forastero agauchado que está queriendo mandar demasiado. Otálora comprende que es una broma, pero le halaga que esa broma ya sea posible. Averigua, después, que Bandeira se ha enemistado con uno de los jefes políticos y que éste le ha retirado su apoyo. Le gusta esa noticia.

                        Llegan cajones de armas largas; llegan una jarra y una palangana de plata para el aposento de la mujer; llegan cortinas de intrincado damasco; llega de las cuchillas, una mañana, un jinete sombrío, de barba cerrada y de poncho. Se llama Ulpiano Suárez y es el capanga o guardaespaldas de Azevedo Bandeira. Habla muy poco y de una manera abrasilerada. Otálora no sabe si atribuir su reserva a hostilidad, a desdén o a mera barbarie. Sabe, eso sí, que para el plan que está maquinando tiene que ganar su amistad.

                        Entra después en el destino de Benjamín Otálora un colorado cabos negros que trae del sur Azevedo Bandeira y que luce apero chapeado y carona con bordes de piel de tigre. Ese caballo liberal es un símbolo de la autoridad del patrón y por eso lo codicia el muchacho, que llega también a desear, con deseo rencoroso, a la mujer de pelo resplandeciente. La mujer, el apero y el colorado son atributos o adjetivos de un hombre que él aspira a destruir.

                        Aquí la historia se complica y se ahonda. Azevedo Bandeira es diestro en el arte de la intimidación progresiva, en la satánica maniobra de humillar al interlocutor gradualmente, combinando veras y burlas; Otálora resuelve aplicar ese método ambiguo a la dura tarea que se propone. Resuelve suplantar, lentamente, a Azevedo Bandeira. Logra, en jornadas de peligro común, la amistad de Suárez. Le confía su plan; Suárez le promete su ayuda. Muchas cosas van aconteciendo después, de las que sé unas pocas. Otálora no obedece a Bandeira; da en olvidar, en corregir, en invertir sus órdenes. El universo parece conspirar con él y apresura los hechos. Un mediodía, ocurre en campos de Tacuarembó un tiroteo con gente riograndense; Otálora usurpa el lugar de Bandeira y manda a los orientales. Le atraviesa el hombro una bala, pero esa tarde Otálora regresa al Suspiro en el colorado del jefe y esa tarde unas gotas de su sangre manchan la piel de tigre y esa noche duerme con la mujer de pelo reluciente. Otras versiones cambian el orden de estos hechos y niegan que hayan ocurrido en un solo día.

                        Bandeira, sin embargo, siempre es nominalmente el jefe. Da órdenes que no se ejecutan; Benjamín Otálora no lo toca, por una mezcla de rutina y de lástima.

                        La última escena de la historia corresponde a la agitación de la última noche de 1894. Esa noche, los hombres del Suspiro comen cordero recién carneado y beben un alcohol pendenciero. Alguien infinitamente rasguea una trabajosa milonga. En la cabecera de la mesa, Otálora, borracho, erige exultación sobre exultación, júbilo sobre júbilo; esa torre de vértigo es un símbolo de su irresistible destino. Bandeira, taciturno entre los que gritan, deja que fluya clamorosa la noche. Cuando las doce campanadas resuenan, se levanta como quien recuerda una obligación. Se levanta y golpea con suavidad a la puerta de la mujer. Ésta le abre en seguida, como si esperara el llamado. Sale a medio vestir y descalza. Con una voz que se afemina y se arrastra, el jefe le ordena:

                        -Ya que vos y el porteño se quieren tanto, ahora mismo le vas a dar un beso a vista de todos.

                        Agrega una circunstancia brutal. La mujer quiere resistir, pero dos hombres la han tomado del brazo y la echan sobre Otálora. Arrasada en lágrimas, le besa la cara y el pecho. Ulpiano Suárez ha empuñado el revólver. Otálora comprende, antes de morir, que desde el principio lo han traicionado, que ha sido condenado a muerte, que le han permitido el amor, el mando y el triunfo, porque ya lo daban por muerto, porque para Bandeira ya estaba muerto.

                        Suárez, casi con desdén, hace fuego.

                        Comentario

                        • Candy
                          High Princess
                          • 18-01-2004
                          • 8364

                          #13
                          Originalmente publicado por elnenebueno
                          Juaj. NO.

                          Pertenece a Cuentos de Amor, Locura y muerte.



                          Te lo dice un pariente "casi" cercano a Horacio Quiroga.
                          LALALA =)

                          Comentario

                          • elnenebueno
                            ڪے
                            • 15-09-2004
                            • 5266

                            #14
                            Originalmente publicado por Kei Kurono

                            Juaj, pero es una recopilacion del 2007 con cuentos que tambien son en la selva.

                            Fijate que hasta tiene el decalogo del perfecto cuentista. (que nada tiene que ver con la selva y tampoco es un cuento)

                            Comentario

                            • semen!
                              EN BARRA
                              • 11-12-2007
                              • 28137

                              #15
                              GANAMOS TODOS =)

                              silvy no te burles

                              diwa says: "la gente se muere, la familia llora, y a vos te chupa un huevo"

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                              Trabajando...