Les dejo un cuento brevísimo de la primera etapa de Horacio Quiroga, cuando todavía no había elegido la selva como escenario para su vida y su prosa.
Eglé y yo
Conocí a Eglé en tiempos en que andaba de amoríos con un joven bien acomodado. Nos ganó la pasión y se libró de las garras del otro para entregarse entera a mis brazos. Con el correr de los años, caí presa de un ataque de celos irracional por su antiguo idilio.
-Juro que no lo quise como a vos.- Segundos atrás yo había abierto el cajón en que la vieja Browning yacía virgen. -Fue cosa de unos días, lo importante es que te amo como nunca amé a nadie.- Cada palabra suya me taladraba los intestinos. -No te conocía aún, ¿cómo podía saber que vos eras mejor? Ahora lo sé, y te amo únicamente a vos, eso es lo que importa.- Alcé la Browning con firmeza, el blanco difuso por las lágrimas. -No lo hagas, Ernesto- alcanzó a pronunciar antes de recibir el plomo.
Ernesto se llamaba el otro.
Eglé y yo
Conocí a Eglé en tiempos en que andaba de amoríos con un joven bien acomodado. Nos ganó la pasión y se libró de las garras del otro para entregarse entera a mis brazos. Con el correr de los años, caí presa de un ataque de celos irracional por su antiguo idilio.
-Juro que no lo quise como a vos.- Segundos atrás yo había abierto el cajón en que la vieja Browning yacía virgen. -Fue cosa de unos días, lo importante es que te amo como nunca amé a nadie.- Cada palabra suya me taladraba los intestinos. -No te conocía aún, ¿cómo podía saber que vos eras mejor? Ahora lo sé, y te amo únicamente a vos, eso es lo que importa.- Alcé la Browning con firmeza, el blanco difuso por las lágrimas. -No lo hagas, Ernesto- alcanzó a pronunciar antes de recibir el plomo.
Ernesto se llamaba el otro.



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