La mezcladora de cemento (Ray Bradbury)

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    • 30-07-2003
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    #1

    La mezcladora de cemento (Ray Bradbury)

    Lo pongo en código para que no sea el peor cancer el scroll de la derecha. De última cópienlo en un notepad o algo así.
    Código:
    Las voces de las brujas susurraban como hierbas secas debajo de la abierta ventana.
    -¡Ettil, el cobarde! ¡Ettil, el renegado! ¡Ettil, que no quiere participar en la gloriosa guerra
    de Marte contra la Tierra!
    -¡Os escucho, brujas! -gritó Ettil.
    Las voces descendieron hasta convertirse en un murmullo como el del agua en los
    largos canales bajo el cielo marciano.
    -¡Ettil, el padre de un hijo que crecerá a la sombra de esta horrible verdad! -dijeron las
    viejas de piel arrugada y ojos astutos, entrechocando suavemente las cabezas-. ¡Qué
    vergüenza! ¡Qué vergüenza!
    La mujer de Ettil estaba llorando en un rincón de la habitación. Las lágrimas caían
    como una lluvia, numerosas y frescas, sobre los azulejos.
    -Oh, Ettil, ¿cómo puedes pensar así?
    Ettil dejó a un lado el libro de metal con marco de oro que, rozado por los dedos, le
    había cantado una historia durante toda la mañana.
    -He tratado de explicártelo -dijo-. Esto es una locura. Que Marte invada la Tierra... Nos
    matarán a todos.
    Afuera, un ruido estrepitoso, la música repentina de una banda, un tambor, un grito,
    unas botas, estandartes y cantos. El ejército desfilaba por las calles de piedra, armas al
    hombro, seguido por los niños. Las viejas agitaban unas banderas sucias.
    -Me quedaré en Marte, a leer -dijo Ettil.
    Un golpe brusco en la puerta. Tylla fue a abrir. Su padre entró rugiendo:
    -¿Es cierto lo que me han dicho? ¿Mi yerno un traidor?
    -Sí, padre.
    -¿No vas a luchar en el ejército marciano?
    -No, padre.
    -¡Dioses! -El viejo enrojeció hasta las orejas- ¡Qué oprobio! Te matarán.
    -Y bueno, que me maten. No habrá más discusiones.
    -¿Quién ha oído hablar alguna vez de un marciano que no quiera invadir la Tierra?
    ¿Quién?
    -Nadie. Admito que es algo increíble.
    -Increíble -repitieron las roncas voces de las brujas bajo la ventana.
    -Padre, ¿por qué no tratas de convencerlo? -preguntó Tylla.
    -¿Convencer a un montón de estiércol? -gritó el suegro con los ojos brillantes. Se
    acercó a Ettil- Brilla el sol, suena la música, las mujeres lloran, los niños saltan, todo como
    debe ser, los hombres desfilan valientemente, ¡y tú sentado aquí! ¡Qué vergüenza!
    -¡Qué vergüenza! -gimieron las lejanas voces desde los setos.
    -¡Salga de mi casa! ¡Váyase al diablo con sus frases idiotas! -estalló Ettil-. ¡Váyase!
    ¡Llévese sus medallas y sus tambores!
    Ettil echó a empujones a su suegro mientras su mujer lloraba a gritos.
    Un escuadrón militar cruzó la puerta.
    -¿Ettil Vrye? -gritó una voz.
    -Sí.
    -¡Está usted arrestado!
    -Adiós, querida. Me voy a la guerra con estos imbéciles -gritó Ettil, mientras los
    hombres vestidos con mallas de bronce lo arrastraban hacia la puerta.
    -Adiós, adiós -dijeron las brujas del pueblo, perdiéndose a lo lejos.
    El calabozo era limpio y claro. Sin libros, Ettil se sentía nervioso. Se tomó de las rejas y
    observó los cohetes que subían en el aire nocturno. Las estrellas eran muchas y frías;
    cuando un cohete se lanzaba hacia ellas, parecían apartarse.
    -Imbéciles -murmuraba Ettil-. Imbéciles.
    Se abrió la puerta y entró un hombre con una especie de vehículo lleno de libros. Libros
    aquí, libros allí, libros en todas las cámaras del carricoche. Y detrás del vehículo venía el
    comisionado militar.
    -Ettil Vrye, nos gustaría saber por qué tenía usted estos ilegales libros terrestres en su
    casa. Estos ejemplares de Historias Maravillosas, Cuentos científicos, Historias
    Fantásticas. Explíquese.
    El hombre asió a Ettil por la muñeca.
    Ettil se liberó con un ademán.
    -Si van a matarme, mátenme de una vez. Esta literatura terrestre explica precisamente
    por qué no quiero ir a la Tierra. Explica por qué la invasión fracasará.
    El comisionado frunció el ceño volviéndose hacia las revistas amarillentas.
    -¿Cómo es eso?
    -Tome cualquier ejemplar -dijo Ettil-. Cualquiera. Nueve de cada diez historias
    (publicadas entre los años 1929 y 1950, según el calendario terrestre) hablan de una
    invasión marciana que invade exitosamente la Tierra.
    -Ah.-El comisionado sonrió, asintiendo con un movimiento de cabeza.
    -Y que luego -dijo Ettil-, fracasa.
    -¡Traición! ¡Literatura subversiva!
    -Como guste, pero permítame que saque algunas conclusiones. Las invasiones
    fracasan, invariablemente, a causa de un hombre joven, generalmente delgado,
    generalmente irlandés, generalmente solo, llamado Mick o Rick o Jick, que destruye a los
    marcianos.
    -¡No creerá eso!
    -No, no creo que los terrestres puedan hoy hacer eso... no. Pero tienen una tradición,
    ¿comprende, comisionado? Varias generaciones de niños han leído, han absorbido esos
    cuentos. No conocen sino una serie de invasiones sucesivamente aplastadas. ¿Puede
    usted decir otro tanto de la literatura de Marte?
    -Bueno...
    -Creo que no.
    -Sabe que no. Nunca hemos escrito esas historias tan fantásticas. Sólo atacamos, y
    morimos.
    -No comprendo su razonamiento. ¿Qué relación ve usted entre la guerra y estas
    revistas?
    -La moral. Algo muy importante. Los terrestres saben que no pueden fracasar. Lo
    llevan adentro, como la sangre en las venas. No pueden fracasar. Rechazaron todas las
    invasiones, aun aquellas maravillosamente organizadas. El haber leído durante su
    adolescencia todas esas historias les ha dado una fe que no conocemos. Nosotros, los
    marcianos, no estamos seguros. Sabemos que podemos fracasar. Nuestra moral es muy
    baja, a pesar del estrépito de tambores y cobres.
    -¡Basta! ¡Traidor! -gritó el comisionado-. Arrojaremos al fuego estas revistas y haremos
    lo mismo con usted dentro de diez minutos. Elija, Ettil Vrye: unirse a la legión de los
    guerreros, o morir en la hoguera.
    -Hay que elegir entre dos muertes. Elijo la hoguera.
    -¡Hombres!
    Arrastraron a Ettil hasta el patio. Allí vio como arrojaban al fuego sus revistas, tan
    cuidadosamente coleccionadas. Habían preparado un pozo de petróleo de un metro y
    medio de profundidad. Encendieron el pozo. Las llamas atronaron el aire. Dentro de un
    minuto me echarán ahí, pensó Ettil.
    En el otro extremo del patio, en la sombra, vio la solemne y solitaria figura de su hijo,
    con los ojos amarillos, grandes y brillantes, llenos de pena y miedo. El niño, silencioso, no
    se movía. Miraba a su padre como un animal agonizante, un animal callado que sólo
    quería esconderse.
    Ettil miró el pozo de fuego. Sintió unas manos rudas que le arrancaban la ropa y lo
    empujaban hacia el rojo perímetro de la muerte. Tragó saliva, y gritó:
    -¡Un momento!
    El rostro del comisionado, enrojecido por las llamas, se adelantó a través del aire
    tembloroso.
    -¿Qué pasa?
    -Me uniré a la legión de los guerreros -respondió Ettil.
    -¡Bien! Déjenlo en libertad.
    Las manos cayeron.
    Ettil se volvió y vio a su hijo que esperaba, allá en el otro extremo del patio. No sonreía,
    esperaba. En lo alto del cielo un dorado cohete incandescente subió entre las estrellas.
    -Y ahora despediremos a estos valientes guerreros -dijo el comisionado.
    La banda rompió a tocar, y el viento bañó suavemente, con una dulce lluvia de
    lágrimas, al ejército sudoroso. Los niños correteaban. Ettil miró a su mujer, que lloraba de
    orgullo, y a su hijo, serio y callado.
    Entraron marchando en la nave, entre risas y hurras. Se ataron a las hamacas de tela
    de araña. Las hamacas se llenaron de hombres cansados y perezosos que esperaban
    masticando un poco de comida.
    Una compuerta se cerró de golpe. Una válvula silbó.
    -Hacia la Tierra y la destrucción -murmuró Ettil.
    -¿Qué? -preguntó alguien.
    -Hacia la gloriosa victoria -dijo Ettil con una mueca.
    El cohete dio un salto.
    El espacio, pensó Ettil. Henos aquí, rodando entre las tintas negras y las luces rosadas
    del espacio, en una cacerola. Henos aquí, en un cohete celebratorio lanzado hacia los
    terrestres para que cuando alcen la cabeza los ojos se les llenen de reflejos de miedo. ¿A
    qué se parece esto, estar lejos, muy lejos del hogar, la mujer y los hijos?
    Ettil trató de analizar sus temblores. Es como atar tus entrañas a Marte y dar luego un
    salto de un millón de kilómetros. Tu corazón sigue allí, en Marte, reluciente, palpitante. Tu
    cerebro sigue allí, pensando, humeando, como una antorcha abandonada. Tu estómago
    sigue allí, en Marte, somnoliento, tratando de digerir la última cena. Tus pulmones están
    allí, respirando el aire azul y embriagador de Marte, como un blando fuelle plegado que
    desea abrirse, que suspira añorando el resto de tu cuerpo.
    Y aquí estás, un autómata sin engranajes, ni ruedas. El gobierno te ha hecho una
    autopsia, abandonando lo más importante sobre mares secos y oscuras colinas. Y aquí
    estás, vacío como una botella, apagado, sin sangre, con sólo un par de manos, para
    matar a los terrestres. Eres sólo un par de manos, pensó Ettil, en su frío aislamiento.
    Aquí estás, en esta enorme tela de araña. Te acompañan algunos otros, pero están
    completos... tienen cuerpos y corazones. Pero lo vivo que había en ti, está allá ahora,
    arrastrándose por los mares vacíos, entre los vientos de la tarde. Esto que soy ahora, este
    barro helado, está ya muerto.
    -¡Destacamentos de combate! ¡Destacamentos de combate!
    -Listos, listos, listos.
    -¡Arriba! ¡Dejen las telas! ¡Rápido!
    Ettil se movió. Las dos manos frías se movieron ante él, en alguna parte.
    Qué rápido ha sido todo, pensó. Hace un año un cohete terrestre llegó a Marte.
    Nuestros hombres de ciencia, con sus increíbles talentos telepáticos, copiaron la nave;
    nuestros trabajadores, con sus fábricas increíbles, la reprodujeron, cien veces. Ninguna
    otra nave ha llegado a Marte desde entonces, y sin embargo ya todos hablamos
    perfectamente el idioma de la Tierra. Conocemos su cultura, su modo de pensar. Y ahora
    vamos a pagar el precio de nuestra inteligencia.
    -¡Preparen las armas!
    -¡Listos!
    -¡Apunten!
    -¿Distancia?
    -¡Quince mil kilómetros!
    -¡Al ataque!
    Un silencio susurrante. Un silencio de insectos en las paredes del cohete. El zumbido
    de insecto de las menudas bobinas, los pistones y los ejes de las ruedas. Un silencio de
    hombres acechantes. Un silencio de glándulas que emitían, acompasadamente,
    lentamente, unas gotas de sudor, en las axilas, sobre las cejas, bajo los ojos apagados y
    fijos.
    -¡Atención! ¡Prepárense!
    Ettil trató de sostenerse clavándose fuertemente las uñas en la razón.
    Silencio... silencio, silencio. Espera.
    -¡Tiiii... ti... tiii!
    -¿Qué es eso?
    -¡Una radio de la Tierra!
    -¡Sintonicen!
    -¡Están tratando de comunicarse con nosotros! ¡Sintonicen!
    -¡Tii... ii!
    -¡Aquí están! ¡Escuchen!
    -Aquí la Tierra, llamando a la flota de invasión marciana.
    El atento silencio, el zumbido de insecto retrocedieron para que la penetrante voz de la
    Tierra resonara en las cámaras llenas de hombres expectantes.
    -Aquí la Tierra. ¡Os habla William Sommers, presidente de la Asociación de
    Productores Americanos!
    Ettil se inclinó hacia adelante cerrando los ojos.
    -Bienvenidos a la Tierra.
    -¿Qué? -rugieron los hombres en el cohete-. ¿Qué dijo?
    -Sí, bienvenidos a la Tierra.
    -¡Es una trampa!
    Ettil se estremeció, abrió los ojos y miró con asombro la voz invisible que brotaba del
    techo.
    -¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos a la Tierra industrial y verde! -declaró la amable voz-. Os
    damos la bienvenida con los brazos abiertos. ¡Que vuestra sangrienta invasión se
    transforme en una eterna amistad!
    -¡Una trampa!
    -¡Chist! ¡Escuchen!
    -Hace ya muchos años, nosotros los terrestres, renunciamos a la guerra, destruimos
    nuestras bombas atómicas. Todo el planeta es vuestro. Sólo os pedimos un poco de
    gracia, bondadosos invasores.
    -¡No puede ser cierto! -murmuró una voz.
    -Es una trampa.
    -Aterrizad y sed bienvenidos, todos vosotros -dijo el señor William Sommers de la
    Tierra-. Aterrizad en cualquier parte. ¡La Tierra es vuestra! ¡Todos somos hermanos!
    Ettil se echó a reír. Todos se volvieron hacia él. Los marcianos parpadearon.
    -¡Se ha vuelto loco!
    Ettil no dejó de reír hasta que alguien lo golpeó.
    Un hombre bajo y gordo que esperaba en el centro de la plataforma de cohetes, en
    Green Town, California, sacó un limpio pañuelo blanco y se enjugó la frente cubierta de
    sudor. Luego miró allá abajo a las cincuenta mil personas rodeadas por un cordón de
    policías. Todos miraban el cielo.
    -¡Allá vienen!
    -¡Ah! -dijo la multitud.
    -¡No, son gaviotas!
    Un murmullo de desilusión.
    -Quizá hubiese sido mejor declararles la guerra -dijo el alcalde-. Hubiésemos podido
    volvernos a casa.
    -¡Chist! -dijo su mujer.
    -¡Allá! -rugió la multitud.
    Los cohetes marcianos surgieron de la luz.
    El alcalde miró nerviosamente a su alrededor.
    -¿Todos preparados?
    -Sí, señor -dijo Miss California 1965.
    -Sí -dijo Miss América 1940 que había venido corriendo a sustituir a Miss América 1966
    que estaba enferma.
    -Sí, viejo -dijo el campeón de los recolectores de frutillas del valle de San Fernando,
    1956.
    -¿Lista la banda?
    La banda alzó sus instrumentos de cobre como si fuesen cañones.
    Los cohetes aterrizaron.
    -¡Ahora!
    La banda tocó Allá voy, California, diez veces.
    Desde el mediodía hasta la una, el alcalde pronunció un discurso con ademanes ante
    los silenciosos y desconfiados cohetes.
    A la una y cuarto se abrieron las puertas de las naves.
    La banda tocó Oh, tú, hermoso país, tres veces.
    Ettil y otros cincuenta marcianos saltaron a tierra con las armas preparadas.
    El alcalde corrió hacia ellos con la llave de la Tierra en las manos.
    La banda tocó Santa Claus llega hoy a la ciudad y un coro traído de Long Beach cantó
    algo así como Los marcianos llegan hoy a la ciudad.
    Los marcianos vieron que nadie llevaba armas y se tranquilizaron un poco.
    Desde la una y media hasta las dos y cuarto el alcalde volvió a pronunciar su discurso
    pro marciano.
    A las dos y media Miss América 1940 se ofreció a besar a todos los marcianos si se
    ponían en fila.
    A las dos y media y diez segundos la banda tocó ¿Cómo están todos, cómo están?
    para disimular la confusión creada por la sugestión de Miss América.
    A las dos y treinta y cinco el campeón de los recolectores de frutillas, 1956, presentó a
    los marcianos un camión de dos toneladas lleno de frutillas.
    A las dos y treinta y siete el alcalde repartió entre los marcianos unos pases gratuitos
    para los cines Eltte y Majestic, uniendo a este regalo otro discurso que duró hasta
    después de las tres.
    La banda tocó y las cincuenta mil personas cantaron Pues son tan alegres y buenos.
    Se hicieron las cuatro de la tarde.
    Ettil se sentó a la sombra del cohete, con dos de sus compañeros.
    -¡Así que esto es la Tierra!
    -Yo opino que hay que matar a estas ratas sucias -dijo un marciano-. No confío en
    ellos. Son astutos como serpientes. ¿Por qué nos reciben de este modo? -Alzó una caja.
    En su interior algo se movía, susurrando-. ¿Qué me han dado aquí? Una muestra,
    dijeron.-El marciano leyó el marbete: BLIX, EL NUEVO JABÓN EN ESCAMAS.
    La multitud erraba a la deriva, apretada alrededor de los marcianos como en un desfile
    de carnaval.
    Se oía el murmullo insistente de los que hacían preguntas señalando las naves con el
    dedo.
    Ettil sentía frío. Temblaba más que antes.
    -¿No lo sienten? -susurró-. La tensión, la maldad de todo esto. Algo va a pasarnos.
    Tienen algún plan. Un plan sutil y horrible. Van a hacernos algo... lo sé.
    -¡Opino que hay que matarlos a todos!
    -¿Cómo vas a matar a una gente que te llama «compañero» y «querido mío»? -
    preguntó otro marciano.
    Ettil sacudió la cabeza.
    -Son sinceros. Y sin embargo, siento como si nos disolviésemos lentamente en un
    tanque de ácido. Tengo miedo, de veras.-Sondeó las mentes de la multitud-. Sí, son
    verdaderamente cordiales. Adelante, camaradas, bienvenidos, eso nos dicen. Un montón
    de gente común que adora por igual a perros, gatos y marcianos. Y sin embargo... sin
    embargo...
    La banda tocó Barrilito de cerveza. Por cortesía de las cervecerías Hagenback, Fresno,
    California, se distribuyó cerveza gratis a todo el mundo.
    Los marcianos se sintieron enfermos. Se pusieron a vomitar. Las bocas se
    transformaron en fuentes de agua sucia. El ruido de los vómitos atravesó los prados.
    Ettil, enfermo, se sentó bajo un sicomoro.
    -Una conspiración, una horrorosa conspiración -gruñó llevándose las manos al vientre.
    -¿Que comió? -preguntó el comisionado militar.
    -Algo que llamaban copos de maíz -murmuró Ettil.
    -¿Y nada más?
    -Una especie de cilindro de carne, dentro de un pan; y un líquido amarillo en un vaso
    frío, y algo así como un pescado... -suspiró Ettil. Se le cerraban los ojos.
    Los gemidos de los invasores marcianos se oían en todas partes.
    -¡Maten a esas víboras! -gritó alguien débilmente.
    -Calma -dijo el comisionado-. Han exagerado su hospitalidad, nada más. Vamos, de
    pie. En marcha hacia el pueblo. Instalaremos unas cuantas guarniciones para estar más
    seguros. Los otros cohetes ya están descendiendo en otros pueblos. Tenemos mucho
    trabajo por delante.
    Los hombres se incorporaron y miraron estúpidamente a su alrededor.
    -¡De frente, marchen!
    -¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Uno, dos, tres, cuatro!
    Las inmaculadas tiendas del pueblecito dormían bajo un sol abrasador. El calor lo
    bañaba todo... los postes, el cemento, los metales, los toldos, las terrazas, el alquitrán...
    todo.
    Los pasos marcianos resonaban sobre el asfalto.
    -¡Alerta. hombres! -susurró el comisionado.
    Pasaban en ese momento ante un instituto de belleza.
    Del interior de la casa surgió una risita furtiva.
    -¡Miren!
    Una cabeza cobriza se asomó y desapareció como una muñeca. Un ojo azul brilló e
    hizo un guiño desde el agujero de una cerradura.
    -Una conspiración -murmuro Ettil-. Una conspiración como les dije.
    Olores y perfumes, impulsados por los ventiladores, llenaron el aire de la calle. Las
    mujeres estaban escondidas en cavernas, como criaturas submarinas, bajo conos
    eléctricos, con cabello ondulados en raros torbellinos y picos, con ojos maliciosos y duros,
    tímidos y animales; con bocas rojas como el neón incandescente. Los ventiladores
    giraban y giraban, y un viento perfumado invadía la tarde tranquila, moviéndose entre
    árboles verdes, retorciéndose entre asombrados marcianos.
    -¡En nombre de Dios! -gritó Ettil, con los nervios deshechos-. ¡Volvamos a los cohetes!
    ¡Volvamos a casa! ¡Nos agarrarán! ¿No las veis? ¡Esos horribles animales marinos, esas
    mujeres ocultas en sus frescas cuevitas de piedra artificial!
    -¡Cállese!
    Miradlas, pensó Ettil. Agitan los vestidos como agallas verdes y frías sobre las
    columnas de las piernas.
    Ettil dio un grito.
    -¡Cierre la boca!
    -¡Van a arrojarse sobre nosotros, esgrimiendo cajas de bombones y ejemplares de El
    amor y Bellezas de Hollywood, chillando con sus bocas rojizas y grasientas! ¡Van a
    inundarnos con trivialidades, a destruir nuestra sensibilidad! ¡Miradlas, a punto de morir
    electrocutadas, con sus voces susurrantes, sus cantos y sus murmullos! ¿Os atreveríais a
    entrar ahí?
    -¿Por qué no? -preguntaron los otros marcianos.
    -¡Os freirán, os sacarán la sangre! Nadie podrá reconoceros. Os harán pedazos, os
    azotarán hasta que no quede de vosotros sino un marido, un hombre trabajador, el
    hombre que paga para que ellas puedan venir a sentarse aquí, a devorar sus malditos
    chocolates. ¿Pensáis que podríais dominarlas?
    -Sí, por todos los dioses.
    A lo lejos se oyó una voz, una voz alta y aguda, una voz de mujer que decía:
    -¿No es gracioso ése del medio?
    -Los marcianos no son tan malos después de todo. Son sólo hombres -dijo otra.
    -¡Eh, eh! ¡Yoo-hoo! ¡Marcianos! ¡Eh!
    Ettil escapó dando gritos.
    Se sentó en un parque, estremeciéndose, recordando la escena. Alzó los ojos hacia el
    oscuro cielo de la noche, y se sintió tan lejos de su casa, tan desamparado. Sentado aquí,
    entre los árboles inmóviles, podía ver a lo lejos a los guerreros marcianos que paseaban
    por las calles, con mujeres terrestres, o desaparecían en la fantasmal oscuridad de los
    palacios de las emociones pequeñas, para oír allí los horribles sonidos de unas cosas
    blancas que se movían sobre pantallas blancas. Y al lado de los marcianos se sentaban
    unas mujercitas de pelo rizado, con unas bolas de goma gelatinosa entre las mandíbulas,
    y debajo de los asientos, se endurecían otras bolas de goma con unas fósiles huellas que
    los dientecitos de gato de las mujeres habían impreso para siempre. La cueva de los
    vientos... el cine.
    -Hola.
    Ettil volvió la cabeza, aterrorizado.
    Una mujer se había sentado en el banco, masticando perezosamente su pastilla de
    goma.
    -No se escape; no muerdo -dijo la mujer.
    -Oh -dijo Ettil.
    -¿No le gustaría ir al cine? -preguntó la mujer.
    -No.
    -Oh, vamos. Todos van.
    -No -dijo Ettil-. ¿No hay otra cosa que hacer en este mundo?
    -¿Otra cosa? ¿No es ya bastante? -Los ojos de la mujer se abrieron llenos de
    sospecha-. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me quede en mi cuarto a leer un libro? ¡Ja, ja!
    Estaría bueno.
    Ettil la miró un momento y al fin le preguntó:
    -¿No hace usted otra cosa?
    -Paseo en auto. ¿No tiene auto? Debería conseguirse un convertible Podler Seis. ¡Son
    maravillosos!
    Un hombre con un Podler Seis conquista a cualquier chica. Se lo aseguro -dijo la mujer,
    mirándolo-. Apuesto a que usted tiene montones de dinero... Viene de Marte, y todo.
    Apuesto a que si quisiera podría comprarse un Podler Seis e ir a todas partes.
    -¿Al cine, por ejemplo?
    -¿Le parece mal?
    -No... no...
    -Oiga, ¿sabe como quién habla usted? -dijo la mujer-. Como un comunista. Sí, señor.
    Nadie aguanta aquí esa clase de charla, se lo aviso. Nuestro viejo sistemita no tiene nada
    de malo. Hasta hemos dejado que ustedes los marcianos nos invadan sin levantar ni
    siquiera el dedo meñique, ¿acaso no es cierto?
    -Sí -dijo Ettil-, y no entiendo por qué. ¿Cuál es el motivo?
    -Porque somos de gran corazón, por eso. No se olvide, de gran corazón.
    La mujer se alejó en busca de algún otro.
    Recurriendo al poco ánimo que le quedaba, Ettil comenzó a escribirle a su mujer,
    moviendo cuidadosamente la pluma sobre la hoja apoyada en la pierna.
    Querida Tylla...
    Pero lo interrumpieron otra vez. Una vieja aniñada, con una carita llena de arrugas,
    pálida y redonda, sacudió una pandereta bajo las narices de Ettil obligándole a alzar los
    ojos.
    -Hermano -exclamó la vieja con los ojos brillantes-. ¿Has sido salvado?
    -¿Estoy en peligro? -preguntó Ettil incorporándose y dejando caer la lapicera.
    -¡En terrible peligro! -lloró la mujer, golpeando la pandereta y clavando los ojos en el
    cielo-. Oh, hermano, necesitas ser salvado, urgentemente.
    -Pienso lo mismo -dijo Ettil, estremeciéndose.
    -Hoy hemos salvado a muchos. Yo misma salvé a tres marcianos. ¿No está bien? -La
    mujer le mostró los dientes.
    -Creo que sí.
    La vieja parecía dominada por alguna sospecha. Se inclinó hacia Ettil y le preguntó en
    voz baja:
    -Hermano, ¿has sido bautizado?
    -No se -murmuró Ettil a su vez.
    -¿No lo sabes? -gritó la mujer alzando la mano y la pandereta.
    -¿Es como ser fusilado?
    -Hermano -dijo la mujer-. Estás en un estado pecaminoso lamentable. Le echaremos la
    culpa a tu descuidada educación. Apuesto a que esas escuelas de Marte son terribles...
    No enseñarán ninguna verdad. Sólo un montón de mentiras. Hermano, tienes que
    bautizarte si quieres ser feliz.
    -¿Seré feliz aun en este mundo? -preguntó Ettil.
    -No pretendas manjares en tu plato -dijo la mujer-. Conténtate con unas viejas lentejas,
    pues nos espera otro mundo mejor que éste.
    -Lo conozco -dijo Ettil.
    -Un mundo de paz -continuó la mujer.
    -Sí.
    -De serenidad.
    -Sí.
    -De leche y miel -dijo la vieja.
    -Sí, sí.
    -Y donde todos ríen.
    -Ahora me doy cuenta -dijo Ettil.
    -Un mundo mejor.
    -Mucho mejor. Sí, Marte es un hermoso planeta.
    -Oye -dijo la mujer, estirándose y dándole, casi, con la pandereta en la cara-, ¿te ríes
    de mí?
    -¿Por qué? No. -Ettil se sentía confuso y asombrado-. Pensé que hablaba usted de...
    -No de ese malvado, sucio y viejo Marte. ¡Créeme! Los hombres como tú arderán siglos
    y siglos, y sufrirán, y se cubrirán de pústulas negras, y serán horriblemente torturados.
    -Reconozco que la vida en la Tierra no es nada agradable. La ha descrito usted muy
    bien.
    -¡Estás burlándote de mí otra vez! -gritó la mujer, enojada.
    -No, no... por favor. Soy un hombre ignorante.
    -Bueno -dijo la mujer-, eres un pagano y los paganos no son gente buena. Toma este
    papel. Vé a esa dirección mañana. Te bautizaremos y serás feliz. Cantaremos y
    saltaremos y elevaremos juntos nuestras voces. Y si quieres podrás oír nuestra banda de
    trompetas. ¿Irás?
    -Haré lo posible -dijo Ettil, titubeando.
    La mujer se fue calle abajo, golpeando su pandereta, cantando hasta desgañitarse:
    -¡Soy tan feliz, soy siempre tan feliz!
    Aturdido, Ettil volvió a su carta:
    Querida Tylla:
    Pensar que en mi ingenuidad creí que los terrestres contraatacarían con fusiles y
    bombas. No, no. Cometí un triste error. Mick, o Rick, o Jick, esos apuestos jóvenes que
    salvan el mundo, no existen. No.
    Hay rubios robots de rosados cuerpos de goma, reales, pero de algún modo irreales;
    vivos, pero de algún modo automáticos, que viven en cuevas. Sus dientes son de un
    tamaño increíble. Tienen, además, una mirada fija, inmóvil, por haberse pasado
    innumerables horas mirando películas. Sólo tienen músculos en las mandíbulas: mastican
    incesantemente unos trozos de goma.
    Y no sólo eso, querida Tylla, toda la civilización terrestre es algo semejante. Y hemos
    sido arrojados en esta civilización como un puñado de semillas en una mezcladora de
    cemento. Ninguno de nosotros podría sobrevivir. Nos matarán a todos, pero no con una
    bala, sino con un amable apretón de manos. Nos destruirán a todos, pero no con un
    cohete, sino con un automóvil...
    Alguien dio un grito. Un enorme ruido. Otro ruido. Silencio.
    Ettil alzó los ojos. A lo lejos, en la calle, habían chocado dos autos. Uno lleno de
    marcianos, el otro de terrestres. Ettil volvió a su carta.
    Querida, querida Tylla. Unos pocos números si me permites. Cuarenta y cinco mil
    personas se matan todos los años en este continente americano, transformándose en
    jalea ahí mismo, en la misma lata, en los automóviles. Una jalea de sangre roja, con
    huesos blancos aquí y allá, como repentinos pensamientos, pensamientos horribles y
    ridículos, incrustados en la jalea. Los coches se repliegan transformándose en herméticas
    latas de sardinas... sólo jugo. y silencio.
    Estiércol de sangre para las sonoras moscas del verano, desparramado por todas las
    carreteras. Rostros transformados en máscaras de la Víspera de Todos los Santos. (una
    de sus fiestas. Creo que ese día rinden culto a los automóviles. No sé. Es algo que tiene
    relación con la muerte.)
    Miras por la ventana y ves a dos personas, que hasta hace un momento no se
    conocían, cariñosamente acostadas y juntas, muertas. Preveo que esas jóvenes brujas y
    esas gomas de mascar aplastarán, contaminarán y atraparán a nuestro ejército en los
    cines. Uno de estos días trataré de escapar e ir a Marte. Tendrá que ser pronto.
    Quizá, Tylla mía en algún lugar esta noche, en esta misma Tierra. haya un hombre que
    tiene una palanca. Cuando mueva esa palanca, el mundo se salvará. Este hombre es hoy
    un desocupado. Su palanca está cubierta de polvo. El pobre se pasa las horas jugando al
    dominó.
    Las mujeres de este malvado planeta están ahogándose en una marea de
    sentimentalismo, de falso romance. Buenas noches, Tylla. Deséame buena suerte, pues
    moriré probablemente tratando de escapar. Besos a los chicos.
    Llorando en silencio, Ettil dobló la carta y se prometió a sí mismo llevarla más tarde al
    correo del cohete.
    Dejó el parque. ¿Qué podía hacer? ¿Escapar? ¿Pero cómo? ¿Ir al correo esa misma
    noche, robar uno de los cohetes y volver solo a Marte? ¿Sería posible? Sacudió la
    cabeza. Se sentía confundido.
    Sólo sabía que si se quedaba en la Tierra pasaría a ser el esclavo de un montón de
    cosas que zumbaban, roncaban, silbaban y emitían nubes de humo y malos olores. Y en
    seis meses sería el propietario de una úlcera rosada, grande y sensible; una presión
    arterial de dimensiones algebraicas; una miopía próxima a la ceguera, y unas pesadillas
    profundas como océanos e infectadas de intestinos de increíble longitud a través de los
    cuales tendría que abrirse paso a la fuerza durante todas las noches. No, no.
    Ettil observó los rostros alucinados de los terrestres que desfilaban en sus ataúdes
    mecánicos. Pronto... sí, muy pronto, inventarían un auto con seis asas de bronce.
    -Eh, usted.
    La bocina de un auto. El largo féretro de un coche, negro y siniestro, se acercó a la
    acera. Un hombre se asomó a la ventanilla.
    -¿Es usted marciano?
    -Sí.
    -Justo el hombre que busco. Suba, rápido... La gran ocasión de su vida. Suba. Iremos a
    hablar a un lugar tranquilo. Vamos, suba, no se quede ahí.
    Como hipnotizado, Ettil abrió la puerta y entró en el coche.
    El coche se alejó.
    -¿Qué deseas, E. V.? ¿Un manhattan? Dos manhattans, camarero. Okay, E. V. Yo
    convido. ¡Yo y los Grandes Estudios! No saques la cartera. Mucho gusto en conocerte, E.
    V. Mi nombre es R. R. Van Plank. Quizá has oído hablar de mí. ¿No? Bueno, chócalas
    igual.
    Ettil sintió que le estrujaban y le masajeaban la mano. Estaban en una ratonera oscura,
    rodeados de música y camareros. Aparecieron dos copas. Todo había ocurrido tan
    rápidamente. Van Plank, con las manos cruzadas sobre el pecho, observaba su
    descubrimiento marciano.
    -E. V. -dijo al fin-, te necesito para esto. La más espléndida de mis ideas. No sé ni
    cómo se me ocurrió; así de pronto. Estaba en casa, sentado, y pensé: ¡Dios mío, qué
    buena película sería! Los marcianos invaden la Tierra. ¿Qué necesito? Un consejero
    técnico. Subí a mi coche, te encontré, y aquí estamos. ¡Alcemos las copas! Por tu salud y
    tu futuro.
    -Pero... -dijo Ettil.
    -Sí, ya sé, necesitas dinero. Bueno, no faltará. Tengo aquí mismo una libretita de
    cheques muy apetitosa.
    -No me gustan las golosinas terrestres...
    -Muy gracioso, de veras. Bueno, te diré cómo imagino la película... Escucha. -Van
    Plank se inclino hacia adelante, excitado-. Para empezar, una escena con unos marcianos
    que bailan y tocan el tambor. Al fondo unas grandes ciudades de plata...
    -Pero las ciudades marcianas no son así...
    -Tenemos que darle color, muchacho, color. Deja que el viejo arregle este asunto.
    Bueno, ahí están los marcianos, bailando alrededor del fuego.
    -Nosotros no bailamos alrededor del fuego.
    -En esta película bailarán alrededor del fuego -declaró Van Plank con los ojos cerrados,
    orgulloso de su seguridad-. Luego aparecerán unas hermosas marcianas, altas y rubias.
    -Las marcianas son morenas...
    -Mira, E. V., así no podremos entendernos. Ah, me olvidaba, tendrás que cambiarte el
    nombre. ¿Cómo era?
    -Ettil.
    -Un nombre de mujer. Te voy a poner uno mejor: Joe. Te llamarás Joe. Okay, Joe,
    como decía, nuestras marcianas serán rubias porque... porque sí. Si no el viejo no estará
    contento. ¿Se te ocurre algo?
    -Pensaba que...
    -Y en otra escena, muy emocionante, la joven marciana salva de la muerte a todos los
    marcianos cuando un meteoro o algo parecido destroza el cohete. Una escena
    formidable. Me alegra haberte encontrado, Joe. Harás un buen negocio con nosotros, te lo
    aseguro.
    Ettil se inclinó hacia adelante y tomó al hombre por la muñeca.
    -Un momento. Quiero preguntarle algo.
    -Seguro, Joe. Adelante.
    -¿Por qué han sido tan amables con nosotros? Invadimos su planeta y nos reciben
    alegremente, como a unos niños que han estado extraviados durante mucho tiempo. ¿Por
    qué?
    -No sois muy inteligentes en Marte, ¿eh? Sois bastante ingenuos, ya me doy cuenta.
    Mira, Joe, piensa un momento. Todos somos gente común, ¿no es así? -Van Plank agitó
    una manita oscura adornada con esmeraldas-. Somos tan vulgares como la basura, ¿no
    es cierto? Bueno, aquí en la Tierra estamos orgullosos de ser así. Este es el siglo del
    hombre común, Bill, y estamos orgullosos de nuestra medianía. Bill, estás en un planeta
    lleno de Saroyans. Sí, señor, una enorme familia de amables Saroyans... Todo el mundo
    ama a todo el mundo. Os entendemos, Joe, y sabemos por qué habéis invadido la Tierra.
    Sabemos que os sentíais muy solos en ese frío y pequeño Marte, y que envidiabais
    nuestras ciudades...
    -Nuestra civilización es más antigua que la de ustedes.
    -Por favor, Joe, no me gusta que me interrumpan. Déjame terminar y luego dirás todo
    lo que quieras. Como te iba diciendo, os sentíais muy solos allá arriba, y bajasteis a ver
    nuestras ciudades y nuestras mujeres y todo lo demás, y nosotros os recibimos con los
    brazos abiertos. Todos somos hermanos. Sois hombres comunes como nosotros. Y,
    además, Roscoe, esta invasión puede darnos algunos beneficios. Por ejemplo, esta
    película nos reportará una ganancia neta de un billón de dólares. Estoy seguro. La
    semana próxima comenzaremos a vender una muñeca marciana, algo especial, a treinta
    dólares. Piensa en los millones que podemos ganar. Firmaremos también un contrato
    para vender un juego marciano a cinco. Hay muchas posibilidades.
    -Ya veo -dijo Ettil, echándose hacia atrás.
    -Y luego, naturalmente, está ese nuevo y espléndido mercado. Piensa en los
    depilatorios, las pastillas de goma y las pomadas para calzado que podemos venderos.
    -Espere. Otra pregunta.
    -Lárgala.
    -¿Cómo se llama usted? ¿Qué quiere decir R. R.?
    -Richard Robert.
    Ettil miró el cielo raso.
    -¿Lo llamaron alguna vez, por casualidad, Rick?
    -¿Cómo lo has adivinado, compañero? Rick, exacto.
    Ettil suspiró y rió, rió. Extendió la mano.
    -¿Así que usted es Rick? ¡Rick!
    -¿Dónde está el chiste? Deja que el viejo lo sepa.
    -No lo entendería... Una broma de familia. ¡Ja, ja! -Las lágrimas corrieron por las
    mejillas de Ettil y le llegaron a la boca. Golpeó la mesa, una y otra vez-. Así que usted es
    Rick. Oh, qué sorpresa, qué divertido. Nada de músculos prominentes, nada de fuertes
    mandíbulas, nada de revólveres. ¡Sólo una cartera llena de dinero y unos anillos de
    esmeraldas, y una enorme barriga!
    -Eh, cuidado con lo que dices. No soy, quizá, un Apolo, pero...
    -Deme la mano, Rick. ¡Deseaba tanto conocerlo! Usted conquistará Marte. Armado de
    cocteleras, arcos plantares, fichas de poker, bolsas de goma, gorras cuadriculadas y
    botellas de ron.
    -Soy sólo un humilde hombre de negocios -dijo Van Plank bajando modestamente los
    ojos-. Hago mi trabajo y saco mis bocaditos. Eso es todo. Pero, como te decía, Marte será
    un gran mercado para los juegos automáticos y las historietas de Dick Tracy. Campo
    virgen. ¿Nunca habéis visto una historieta, eh? ¡Muy bien! Os meteremos por los ojos
    unas cuantas cosas a los marcianos. ¡Os vais a pelear por ellas, muchacho! ¡Os vais a
    pelear! ¿Y quién no? Perfumes, trajes de París, pantalones de Oshkosh, ¿eh? Y zapatos
    nuevos...
    -No usamos zapatos.
    -¿Pero qué me han traído? -preguntó R. R. con los ojos en el cielo raso-. ¿Un planeta
    de campesinos? Mira, Joe, ya arreglaremos eso. Os avergonzaréis de no usar zapatos. ¡Y
    luego os venderemos el betún!
    -Oh.
    Van Plank palmeó a Ettil.
    -¿Trato hecho? ¿Serás el director técnico de mi película? Te daremos doscientos por
    semana para empezar. Y luego aumentaremos a quinientos. ¿Qué te parece?
    -Me siento enfermo -dijo Ettil. Había bebido el manhattan y estaba pálido.
    -Caramba, lo siento. No sabía que eso podía hacerte mal. Vamos a tomar un poco de
    aire.
    Al aire libre, Ettil se sintió mejor.
    -¿Así que por eso nos recibieron en la Tierra?
    -Claro, hijo. Cuando un terrestre puede ganarse honestamente un dólar, míralo,
    desborda de entusiasmo. El cliente nunca se equivoca. Nada de rencores... Bueno, ésta
    es mi tarjeta. Ve a los estudios de Hollywood mañana por la mañana, a las nueve. No te
    olvides de estar a las nueve. Es una regla de la casa.
    -¿Por qué?
    -Gallagher, eres un pájaro raro, de veras; pero me gustas. Buenas noches. ¡Feliz
    invasión!
    El automóvil se alejó.
    Ettil lo siguió con los ojos, incrédulo. Luego, frotándose la frente con la palma de la
    mano, echó a caminar por la calle, hacia el aeropuerto.
    -Bueno, ¿qué vas a hacer? -se preguntó a sí mismo, en voz alta.
    Los cohetes, silenciosos, resplandecían a la luz de la luna. De la ciudad llegaban los
    lejanos ruidos de las fiestas. En un puesto médico atendían un caso grave de depresión
    nerviosa: un joven marciano que, a juzgar por sus gritos, había visto demasiado, había
    bebido demasiado, había oído demasiadas canciones en los fonógrafos rojos y amarillos
    de los cafés, y había sido perseguido alrededor de innumerables mesas por una mujer
    parecida a un elefante.
    -No puedo respirar... Aplastado, atrapado -murmuraba el enfermo.
    Los sollozos cesaron. Ettil dejó las sombras y cruzó una ancha avenida que llegaba
    hasta las naves. A lo lejos los guardias dormían, borrachos. Escuchó. De la ciudad
    llegaba el débil ruido de los automóviles, la música y las bocinas. Imaginó otros ruidos: el
    insidioso zumbido de las máquinas que preparaban la levadura para engordar a los
    guerreros y hacerlos desmemoriados y perezosos; las narcóticas voces de las cavernas
    de los cines que acunaban y acunaban a los marcianos, incansablemente,
    incansablemente, hasta dormirlos de tal modo que desde entonces vivirían como
    sonámbulos.
    Al cabo de un año, ¿cuántos marcianos habrían muerto enfermos del hígado, los
    riñones o el corazón? ¿Cuántos se habrían suicidado?
    Ettil se detuvo en medio de la desierta avenida.
    Podía elegir: quedarse aquí, aceptar el empleo en el estudio, presentarse todas las
    mañanas al trabajo, como consejero técnico, y al cabo de un tiempo decirle al productor
    que sí, de veras, había masacres en Marte; sí, las mujeres eran altas y rubias; sí, había
    danzas rituales y sacrificios; sí, sí, sí. O podía meterse en un cohete y volver, solo, a
    Marte.
    -Pero, ¿y el año próximo? -se dijo.
    Inaugurarían en Marte el club nocturno del Canal Azul, el casino de juegos de la Ciudad
    Antigua, en la misma ciudad. ¡Sí, en una de las antiguas ciudades de Marte! Tubos de
    neón, papeles sucios entre las ruinas, picnics en los viejos cementerios... todo eso todo.
    Pero no en seguida. Pronto llegaría a casa. Tylla estaría esperándolo con su hijo, y
    durante un tiempo podrían sentarse a orillas del canal a leer los viejos y hermosos libros,
    a saborear un vino suave y raro... Y hablarían y vivirían en paz hasta que los tubos de
    neón cayeran sobre ellos.
    Y quizá pudieran irse entonces a las montañas azules y ocultarse allí un año o dos,
    hasta que llegasen los turistas a sacar sus instantáneas y decir qué bonito era todo.
    Sabía ya lo que iba a decirle a Tylla:
    -La guerra es mala, pero la paz puede ser algo horrible.
    Ettil se había detenido en medio de la ancha avenida.
    Volvió la cabeza y no se sorprendió al ver que un coche venía hacia él, haciendo eses;
    un coche abierto, lleno de muchachos y muchachas vociferantes, de no más de dieciséis
    años. Vio que los ocupantes del coche lo señalaban con el dedo y gritaban. Oyó el ruido
    creciente del motor. El coche se precipitaba hacia él a noventa kilómetros por hora.
    Ettil echó a correr.
    Sí, sí, pensó cansadamente, con el coche ya encima, qué raro, qué triste. Suena
    como... una mezcladora de cemento.
    Editado por última vez por Gilgamesh; 12-04-2005, 01:00 AM.
    Zu! Burges madarikatua!
    Ez duzu inoiz ezer ulertuko
    zuretzat kalean gertatzen dena
    beti besteen arazoak dira.

    resistance is fertile.
  • Gilgamesh
    Trashumante
    • 30-07-2003
    • 2611

    #2
    No sé si habrá sido una buena idea postearlo todo, pero bueno, es un cuento del libro "el hombre ilustrado" de ray bradbury. Ayer terminé de leerlo, y hoy lo estuve releyendo. Es excelente (este en particular y en conjunto con lo demás más todavía), si tienen 15 minutos leanló. Les dejo un link para que se bajen el libro de la página de Seboya (si tenés algún problema decime que lo saco)

    Los 1016 libros de Genio Maligno: literatura de dominio público para descargar gratis en EPUB y PDF o leer online. Filtrá por autor, país y tipo de obra.


    La narración del libro me pareció muy buena (un poco densa a veces, pero te transporta demasiado), todos las historias del libro siguen un hilo bastante bueno en un futuro appocalíptico (en algunos cuentos se ve más, otros no tanto). Me hizo recordar un poco a 1984 (más que nada "el zorro y el bosque") en algunos.

    Espero que sirva.
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    Comentario

    • Fry
      En el presente!!!
      • 21-08-2004
      • 1381

      #3
      Es que es muy largo... creo que lo voy a copiar, lo pego en el word, lo imprimo y me lo llevo a casa para leerlo en casa esta noche!!!

      Mañana hago comentarios!!!
      "Phillip J. Fry" o "Walter"
      En mi versión mas profunda.



      - Kpoyo hizo que mis firmas rotaran. (estoy eternamente agradecido)
      - Salven mi Blog http://soywalter.blogspot.com

      Comentario

      • Gilgamesh
        Trashumante
        • 30-07-2003
        • 2611

        #4
        ¿alguna apreciación digna de compartir, señor fry? o alguien que lo haya leido, no sé, realmente pienso que vale la [¿] pena [?]
        Zu! Burges madarikatua!
        Ez duzu inoiz ezer ulertuko
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        • Gespi
          *
          • 11-06-2004
          • 20360

          #5
          Leí todo el cuentito.
          Bradbury es de los que me atrapan y no puedo abandonar. Pero no leí mucho de él. tengo crónicas marcianas, sabía que los del hombre ilustrado son excelentes.

          bueh.
          me dejó un toque de tristeza.

          Comentario

          • matiuh
            Escherichia Party
            • 25-05-2004
            • 1045

            #6
            Genial, simplemente increible.

            De más está decir que Bradbury es mi autor favorito, pero en este cuento mantiene la linea que usa siempre y nunca cae en la monotonía.


            jjjjenial.


            Buffet Freud

            Comentario

            Trabajando...