Me arreglo corriendo para salir, mi hora de escape era a las 15:30, pero por una mano del destino el camino en línea recta que tenía pensado seguir se desvía hacia otro lado.
Chat, unas palabras y frases entrecruzadas
- ¿Así que vas a estar por capital?
- ¿Si, me estás invitando?
- Vení si te dan los horarios.
De la tranquilidad de saber que todavía me quedaba tiempo para arreglarme, paso rápidamente a correr por la casa buscando lo que necesito llevar, lo que necesito ponerme, olvidándome de alguna que otra cosa.
El "vení" fue la palabra implícita para coger, el código.
Me tomo el tren a Retiro, que tarda más de la cuenta por reparaciones en las vías, bajo y me encamino a la boca del subte que va a dejarme en Avenida de Mayo; de ahí combino con la línea A para terminar mi viaje en Puan.
Toco timbre, baja, me sonríe, subimos.
Empezamos a corregir un cuento suyo que tiene que ver conmigo, con nuestro último encuentro, él se inspira en Cortázar y quiere pasar el texto a voz, lo escucho mientras lo graba y le digo
- Es muy lineal, dale cadencia y pasión a las palabras, hablá más pausado, respetá los signos de puntuación y sacá ese mate de la imagen, queda como el culo.
- Pero a mí me gusta…bueno, pongo el águila.
- ¿Qué carajo tiene que ver un águila con el tema del cuento?
Me pregunta si quiero leerlo y grabarlo, total es de los dos porque estoy ahí, en sus líneas, en su casa; lo intento pero me equivoco, me trabo, como las ocho veces que él también lo hizo y explotamos en risas, siempre explotamos en risas.
Decidimos terminar ahí con el tema. Me ofrece un café y un chocolate que compró para la ocasión.
Se prende un porro y comenzamos a hablar de la vida, de lo real e irreal, de la locura, de definiciones rotundas que quizás no existan y me acordé de la obra de Zubiri definiendo al hombre como “un animal de realidades” concluimos, o tal vez yo concluí, en que todos estamos un poco locos y que la vida es una eterna irrealidad.
De repente me pregunta
- ¿Venís sólo para coger?
Tantos años diciéndole te quiero, me hacés bien, me gustás.
- Sí, me como cuatro horas de viaje porque lo único que me interesa cojerte.
Leé entre líneas, pelotudo, pensaba mientras me miraba, una pija la consigo a la vuelta de mi casa.
A veces siento que no cree nada de lo que digo, que me gusta escucharlo reflexionar sobre la vida, que disfruto tanto un diálogo, hacer un omelette, ir a sacar fotos o coger.
Una noche, acostados preguntó
- ¿En serio me querés?
No sabía si mandarlo a la mierda o callarme, así que opté por darle la espalda y hacerme la pelotuda.
De repente se paró, con esa mirada cómplice de “llegó la hora” me quedé sentada esperando ver que hacía, se puso detrás mío besándome el cuello, él sabe que es un punto débil, pero manifiesta que no.
Se aleja y vuelve a la silla, me mira y me pregunta algo sobre la excitación, ya no lo escucho demasiado, la excitación me llenó la piel, me paralizó la sinapsis, le contesto algo que no recuerdo; vuelve a incorporarse y otra vez detrás mío.
Mi intención era dejarlo actuar, quedarme inmóvil y ver que hacía, pero no lo soporté, giré la cabeza buscando su boca, esa boca que tanto me sorprendió hace apenas dos encuentros atrás, sí, tres encuentros en veinte días, en el primero, cuando me acompañó al ascensor me dijo
- Vamos a volver a vernos dentro de dos años, como siempre.
Pero tres encuentros en veinte días, más, “sólo es coger” porque dice que coger es Dios y somos todos católicos.
Lo tiro en la cama y me pongo sobre él, aún vestidos, no puedo dejar de mirarlo a la cara, de llenarme los ojos con esa sonrisa que siempre provocó en mí un efecto que aún no tiene una definición suficientemente específica.
Se deja hacer y yo quiero hacer de todo, pero algo me traba y le paso el mando.
Mis prejuicios, mi timidez nunca me dejaron "ser yo sexualmente" él hace que pueda serlo, abrirme, que tire a la mierda mi vergüenza junto con la ropa, mirarlo a los ojos mientras se la chupo, dejar la ventana abierta y las luces prendidas, olvidarme del mundo, sólo él y yo, sólo coger
¿sólo coger?
Me tengo que ir es tarde, me visto, pero me abraza, me besa, lo miro, sonríe y, otra vez, esa sonrisa que me puede de la forma más increíble, no tengo las fuerzas suficientes para esquivar otro contacto.
Besos, caricias, manoseos, me bajo el pantalón casi con desesperación.
- ¡No puede ser que me calientes tanto!
fue lo primero que me llegó a la cabeza y, sin querer, pensé en voz alta.
Volvemos a excitarnos y yo, que tenía que irme… ya no importa, ya no me importa nada.
Terminamos, vuelvo a ponerme la ropa y pienso en sus palabras
- ¿Venís sólo para coger?
Me voy con el puto interrogante de "¿me invitás sólo para coger o hay algo más?"
Me confunden sus preguntas y emprendo el regreso llena de caricias, de besos, de fluidos pero también de algo que no va a tener respuesta.
Prefiero disfrutar el momento, escucharlo, mirarlo, reírme, coger, que oír una verdad que no quiero saber.
Chat, unas palabras y frases entrecruzadas
- ¿Así que vas a estar por capital?
- ¿Si, me estás invitando?
- Vení si te dan los horarios.
De la tranquilidad de saber que todavía me quedaba tiempo para arreglarme, paso rápidamente a correr por la casa buscando lo que necesito llevar, lo que necesito ponerme, olvidándome de alguna que otra cosa.
El "vení" fue la palabra implícita para coger, el código.
Me tomo el tren a Retiro, que tarda más de la cuenta por reparaciones en las vías, bajo y me encamino a la boca del subte que va a dejarme en Avenida de Mayo; de ahí combino con la línea A para terminar mi viaje en Puan.
Toco timbre, baja, me sonríe, subimos.
Empezamos a corregir un cuento suyo que tiene que ver conmigo, con nuestro último encuentro, él se inspira en Cortázar y quiere pasar el texto a voz, lo escucho mientras lo graba y le digo
- Es muy lineal, dale cadencia y pasión a las palabras, hablá más pausado, respetá los signos de puntuación y sacá ese mate de la imagen, queda como el culo.
- Pero a mí me gusta…bueno, pongo el águila.
- ¿Qué carajo tiene que ver un águila con el tema del cuento?
Me pregunta si quiero leerlo y grabarlo, total es de los dos porque estoy ahí, en sus líneas, en su casa; lo intento pero me equivoco, me trabo, como las ocho veces que él también lo hizo y explotamos en risas, siempre explotamos en risas.
Decidimos terminar ahí con el tema. Me ofrece un café y un chocolate que compró para la ocasión.
Se prende un porro y comenzamos a hablar de la vida, de lo real e irreal, de la locura, de definiciones rotundas que quizás no existan y me acordé de la obra de Zubiri definiendo al hombre como “un animal de realidades” concluimos, o tal vez yo concluí, en que todos estamos un poco locos y que la vida es una eterna irrealidad.
De repente me pregunta
- ¿Venís sólo para coger?
Tantos años diciéndole te quiero, me hacés bien, me gustás.
- Sí, me como cuatro horas de viaje porque lo único que me interesa cojerte.
Leé entre líneas, pelotudo, pensaba mientras me miraba, una pija la consigo a la vuelta de mi casa.
A veces siento que no cree nada de lo que digo, que me gusta escucharlo reflexionar sobre la vida, que disfruto tanto un diálogo, hacer un omelette, ir a sacar fotos o coger.
Una noche, acostados preguntó
- ¿En serio me querés?
No sabía si mandarlo a la mierda o callarme, así que opté por darle la espalda y hacerme la pelotuda.
De repente se paró, con esa mirada cómplice de “llegó la hora” me quedé sentada esperando ver que hacía, se puso detrás mío besándome el cuello, él sabe que es un punto débil, pero manifiesta que no.
Se aleja y vuelve a la silla, me mira y me pregunta algo sobre la excitación, ya no lo escucho demasiado, la excitación me llenó la piel, me paralizó la sinapsis, le contesto algo que no recuerdo; vuelve a incorporarse y otra vez detrás mío.
Mi intención era dejarlo actuar, quedarme inmóvil y ver que hacía, pero no lo soporté, giré la cabeza buscando su boca, esa boca que tanto me sorprendió hace apenas dos encuentros atrás, sí, tres encuentros en veinte días, en el primero, cuando me acompañó al ascensor me dijo
- Vamos a volver a vernos dentro de dos años, como siempre.
Pero tres encuentros en veinte días, más, “sólo es coger” porque dice que coger es Dios y somos todos católicos.
Lo tiro en la cama y me pongo sobre él, aún vestidos, no puedo dejar de mirarlo a la cara, de llenarme los ojos con esa sonrisa que siempre provocó en mí un efecto que aún no tiene una definición suficientemente específica.
Se deja hacer y yo quiero hacer de todo, pero algo me traba y le paso el mando.
Mis prejuicios, mi timidez nunca me dejaron "ser yo sexualmente" él hace que pueda serlo, abrirme, que tire a la mierda mi vergüenza junto con la ropa, mirarlo a los ojos mientras se la chupo, dejar la ventana abierta y las luces prendidas, olvidarme del mundo, sólo él y yo, sólo coger
¿sólo coger?
Me tengo que ir es tarde, me visto, pero me abraza, me besa, lo miro, sonríe y, otra vez, esa sonrisa que me puede de la forma más increíble, no tengo las fuerzas suficientes para esquivar otro contacto.
Besos, caricias, manoseos, me bajo el pantalón casi con desesperación.
- ¡No puede ser que me calientes tanto!
fue lo primero que me llegó a la cabeza y, sin querer, pensé en voz alta.
Volvemos a excitarnos y yo, que tenía que irme… ya no importa, ya no me importa nada.
Terminamos, vuelvo a ponerme la ropa y pienso en sus palabras
- ¿Venís sólo para coger?
Me voy con el puto interrogante de "¿me invitás sólo para coger o hay algo más?"
Me confunden sus preguntas y emprendo el regreso llena de caricias, de besos, de fluidos pero también de algo que no va a tener respuesta.
Prefiero disfrutar el momento, escucharlo, mirarlo, reírme, coger, que oír una verdad que no quiero saber.


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