Bueno, digamos que este es otro de los primeros relatos de esta saga ¿? que empecé a escribir hace un tiempo, el anterior que subí acá a Egel fue "Besos de Valeria" . Espero que les guste este también =)
Os queremos.
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Hace tres años, cuando comenzaba todo con Sofía, solíamos tirarnos horas en mi cama y fumábamos nuestros primeros porros, o nos rateabamos de la secundaria y nos tirábamos en el viejo campito de Nazca y Paez, o nos íbamos a Parque Rivadavia, y hacíamos lo mismo. Luego, con toda la inexperiencia junta, intentaba convencerla para hacer el amor en su casa o en la mía.
Fui su primer y único tipo hasta donde sé.
Nos peleamos diecinueve veces, cuarenta veces le dije que era una puta de mierda, y ella me dijo otras mil que no quería verme nunca más. Pero siempre volvimos. Siempre nos repetíamos incesantemente, como sus pechos rebotando sobre si mientras saltaba desnuda sobre mi cuerpo en esas tardes de primavera en tercer año.
Ojos azules, tanto que parecen saltar, cabello castaño. Pura boca. En un beso era capaz de tragar todo mi rostro. Bueno, exagero. Demasiado hermosa como para ignorarla. Siempre me pregunté que hacía conmigo.
En los recreos nos quedábamos juntos, sentados, hablando. No nos llevábamos con casi nadie más. Odiábamos a todos en el colegio, las mismas cosas con iguales razones.
Llamo a su casa y atiende.
- Hola – dice
Y yo no me animo a hablar. Cuelgo. Me quedo mirando el teléfono negro de plástico. Entonces me pregunto si tendrá emociones un teléfono negro de plástico, porque si puede transmitirlas es por algo.
Guardaba todo. Boletos de colectivo, entradas de cine, envolturas de preservativos que usamos, envolturas de chicles, paquetes de cigarrillos, todo lo que tenía que ver conmigo. Decía que quería hacer un museo del hombre más increíble que conoció. Era pura locura enlatada en un envase de cincuenta kilogramos.
Cada vez que nos peleábamos agarraba la bolsa con todo eso dentro y me la tiraba por la ventana del edificio donde vivo que da a mi piso. Se requiere mucha fuerza para eso. Cuando nos arreglábamos venía y se llevaba de vuelta. En esos períodos que nos separábamos yo estaba con otras mujeres, no la llamaba, por más que la extrañaba. Ella sí lo hacía.
- ¿Gonzalo? ¿Estás con otra? – decía siempre.
- Cortamos Sofía – solía contestarle – puedo hacerlo.
En ese momento se oía un grito, como el de una loba herida en la espesura del bosque y colgaba. Aparecía diez minutos después por mi casa al grito de “ÉL ES MÍO HIJA DE PUTA”. Todo volaba, y había arañazos, pelos arrancados, sangre, y a veces mis padres se despertaban fingiendo que les interesaba todo, y separaban intentando controlar la situación.
Eso se repetía a menudo. Sofía está loca. pero la quiero mucho y la extraño. No se puede explicar. Cuando se siente algo por una mujer y se es tan boludo como yo lo soy, no se puede explicar.
- Te amo – me dijo la última noche, nunca lo había hecho.
Miré las fotos en las paredes, en Villa Gesell. en mi casa, en lo del negro. en lo de Lionel. Con Natalia. Miré todo lo que estaba construyendo basándose en mí. Me dio más miedo que nunca. Yo me peleaba con ella e iba y me cogía a la más puta que encontraba. Ella se peleaba conmigo y pegaba fotos en la pared… algo no iba bien.
- Estoy descreído del amor – le dije.
- Pero yo te amo Gonzalo. Mataría por vos. – y se abrazó desnuda a mí sobre la cama de su habitación.
Sentí que comenzaba a temblar. Me asusté más. olía a final. Si lo hubiera sabido antes lo habría hecho mejor.
- No puedo amar a nadie. – dije y empecé a oírla llorar – Perdóname, te quiero como a ninguna, pero el amor… el amor...
Mis ojos se encontraron con sus húmedos párpados. Su cara cambió por siempre.
- ¡Sí que me amas! – gritó – ¡Lo sé! ¿Por qué evitas todos los compromisos conmigo? ¿Por qué siempre más y más mujeres para después volver y que todo se repita? Hace tres años que te conozco y nunca – dejó de abrazarme, se puso de pie y comenzó a vestirse – nunca me mostraste nada de lo que yo siempre te di.
Me paré también, agarré mis cosas. Le dije que me había dado lo mejor de mi vida, que no era una más para mí y esto fue lo último que oí de ella.
- Para mí vos fuiste todo, no lo mejor, ni lo peor: todo. – estábamos frente a la puerta de su pieza - Si no podes amarme, no vuelvas Gonzalo, por favor, no puedo no volver si me venís a buscar.
Era abril. Era un lunes. Era de noche. Eran lágrimas. Era lluvia que me mojaba. Era flores y el noveno círculo del infierno a la vez.
Miro el teléfono negro de plástico. No suena ni sonará.
Os queremos.
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Hace tres años, cuando comenzaba todo con Sofía, solíamos tirarnos horas en mi cama y fumábamos nuestros primeros porros, o nos rateabamos de la secundaria y nos tirábamos en el viejo campito de Nazca y Paez, o nos íbamos a Parque Rivadavia, y hacíamos lo mismo. Luego, con toda la inexperiencia junta, intentaba convencerla para hacer el amor en su casa o en la mía.
Fui su primer y único tipo hasta donde sé.
Nos peleamos diecinueve veces, cuarenta veces le dije que era una puta de mierda, y ella me dijo otras mil que no quería verme nunca más. Pero siempre volvimos. Siempre nos repetíamos incesantemente, como sus pechos rebotando sobre si mientras saltaba desnuda sobre mi cuerpo en esas tardes de primavera en tercer año.
Ojos azules, tanto que parecen saltar, cabello castaño. Pura boca. En un beso era capaz de tragar todo mi rostro. Bueno, exagero. Demasiado hermosa como para ignorarla. Siempre me pregunté que hacía conmigo.
En los recreos nos quedábamos juntos, sentados, hablando. No nos llevábamos con casi nadie más. Odiábamos a todos en el colegio, las mismas cosas con iguales razones.
Llamo a su casa y atiende.
- Hola – dice
Y yo no me animo a hablar. Cuelgo. Me quedo mirando el teléfono negro de plástico. Entonces me pregunto si tendrá emociones un teléfono negro de plástico, porque si puede transmitirlas es por algo.
Guardaba todo. Boletos de colectivo, entradas de cine, envolturas de preservativos que usamos, envolturas de chicles, paquetes de cigarrillos, todo lo que tenía que ver conmigo. Decía que quería hacer un museo del hombre más increíble que conoció. Era pura locura enlatada en un envase de cincuenta kilogramos.
Cada vez que nos peleábamos agarraba la bolsa con todo eso dentro y me la tiraba por la ventana del edificio donde vivo que da a mi piso. Se requiere mucha fuerza para eso. Cuando nos arreglábamos venía y se llevaba de vuelta. En esos períodos que nos separábamos yo estaba con otras mujeres, no la llamaba, por más que la extrañaba. Ella sí lo hacía.
- ¿Gonzalo? ¿Estás con otra? – decía siempre.
- Cortamos Sofía – solía contestarle – puedo hacerlo.
En ese momento se oía un grito, como el de una loba herida en la espesura del bosque y colgaba. Aparecía diez minutos después por mi casa al grito de “ÉL ES MÍO HIJA DE PUTA”. Todo volaba, y había arañazos, pelos arrancados, sangre, y a veces mis padres se despertaban fingiendo que les interesaba todo, y separaban intentando controlar la situación.
Eso se repetía a menudo. Sofía está loca. pero la quiero mucho y la extraño. No se puede explicar. Cuando se siente algo por una mujer y se es tan boludo como yo lo soy, no se puede explicar.
- Te amo – me dijo la última noche, nunca lo había hecho.
Miré las fotos en las paredes, en Villa Gesell. en mi casa, en lo del negro. en lo de Lionel. Con Natalia. Miré todo lo que estaba construyendo basándose en mí. Me dio más miedo que nunca. Yo me peleaba con ella e iba y me cogía a la más puta que encontraba. Ella se peleaba conmigo y pegaba fotos en la pared… algo no iba bien.
- Estoy descreído del amor – le dije.
- Pero yo te amo Gonzalo. Mataría por vos. – y se abrazó desnuda a mí sobre la cama de su habitación.
Sentí que comenzaba a temblar. Me asusté más. olía a final. Si lo hubiera sabido antes lo habría hecho mejor.
- No puedo amar a nadie. – dije y empecé a oírla llorar – Perdóname, te quiero como a ninguna, pero el amor… el amor...
Mis ojos se encontraron con sus húmedos párpados. Su cara cambió por siempre.
- ¡Sí que me amas! – gritó – ¡Lo sé! ¿Por qué evitas todos los compromisos conmigo? ¿Por qué siempre más y más mujeres para después volver y que todo se repita? Hace tres años que te conozco y nunca – dejó de abrazarme, se puso de pie y comenzó a vestirse – nunca me mostraste nada de lo que yo siempre te di.
Me paré también, agarré mis cosas. Le dije que me había dado lo mejor de mi vida, que no era una más para mí y esto fue lo último que oí de ella.
- Para mí vos fuiste todo, no lo mejor, ni lo peor: todo. – estábamos frente a la puerta de su pieza - Si no podes amarme, no vuelvas Gonzalo, por favor, no puedo no volver si me venís a buscar.
Era abril. Era un lunes. Era de noche. Eran lágrimas. Era lluvia que me mojaba. Era flores y el noveno círculo del infierno a la vez.
Miro el teléfono negro de plástico. No suena ni sonará.


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