Ni ella
Eran una masa abstracta impregnándose de sudor, intentando en vano tragar una mínima gota de inocencia. Sus cuerpos se comprimían dejando de lado cualquier tipo de individualidad.
Todo era chico.
Todo el espacio estaba embadurnado de ellos.
No había personalidades. No existía ningún tipo de solidaridad, el egoísmo penetraba cada poro.
El colchón empapaba el piso.
Y la habitación gritaba
Olía a grito.
Le gritaban.
El rostro de ella manifestaba una mueca contaminada: su boca exigía cualquier cosa que se pareciera a lo que quería de él, sus ojos se apagaban y transmitían con mensajes confusos las pocas ganas que tenía de estar en ese lugar. La impasibilidad le chorreaba por los brazos y caía en él. Y sabía… Él sentía la frialdad, pero la deseaba tanto que no la miraba para no congelarse.
De pronto, una luminosidad inusual brotó de ella, su cuerpo se contrajo, se convirtió en hermosa y él simplemente estalló.
Abrió los ojos.
Se tocó la entrepierna y una sustancia viscosa se depositó en su palma, luego miró el piso y un poco más de esa clara poco cocida lo saludó con desdén. Estaba ya calculando cuánto había despojado cuando advirtió una mirada casi infantil en su nuca. Levantó la vista y ahí estaba, asombrada y seca.
No era la de sus sueños.
Sintió algo de rencor y cambió.
- Qué pasa? – Interrogó la fémina con un vestigio de miedo. Él, instintivamente llevó la mano a su vagina.
Entra dedo.
Sale dedo.
Una perra en celo soltó un gemido lastimero. O por lo menos eso creyó él.
La humedad se albergaba en la falange y en menos de un segundo estaba en la boca de ella. Lo chupó íntegro.
- No pasa nada – Respondió tardíamente – Traeme un vaso de agua
- Sí, abuelo.
Humedadmuecamiedodolor. Apoyóelvaso. Seretiró. Mueca.
El anciano llevó sus tentáculos a su miembro y lo descubrió erecto y caliente. Bebió el agua no sin algo de apuro y lo colocó vacío con la mano izquierda en la punta del pene. Luego, con la mano derecha inició su rutinario movimiento de ascensor. Mientras las imágenes iban desapareciendo al compás del cerrar de sus párpados, pensaba con qué juego nuevo haría que su nieta se tragara el futuro contenido del vaso.-
Ni él
ellos
Eran una masa abstracta impregnándose de sudor, intentando en vano tragar una mínima gota de inocencia. Sus cuerpos se comprimían dejando de lado cualquier tipo de individualidad.
Todo era chico.
Todo el espacio estaba embadurnado de ellos.
No había personalidades. No existía ningún tipo de solidaridad, el egoísmo penetraba cada poro.
El colchón empapaba el piso.
Y la habitación gritaba
Olía a grito.
Le gritaban.
El rostro de ella manifestaba una mueca contaminada: su boca exigía cualquier cosa que se pareciera a lo que quería de él, sus ojos se apagaban y transmitían con mensajes confusos las pocas ganas que tenía de estar en ese lugar. La impasibilidad le chorreaba por los brazos y caía en él. Y sabía… Él sentía la frialdad, pero la deseaba tanto que no la miraba para no congelarse.
De pronto, una luminosidad inusual brotó de ella, su cuerpo se contrajo, se convirtió en hermosa y él simplemente estalló.
Abrió los ojos.
Se tocó la entrepierna y una sustancia viscosa se depositó en su palma, luego miró el piso y un poco más de esa clara poco cocida lo saludó con desdén. Estaba ya calculando cuánto había despojado cuando advirtió una mirada casi infantil en su nuca. Levantó la vista y ahí estaba, asombrada y seca.
No era la de sus sueños.
Sintió algo de rencor y cambió.
- Qué pasa? – Interrogó la fémina con un vestigio de miedo. Él, instintivamente llevó la mano a su vagina.
Entra dedo.
Sale dedo.
Una perra en celo soltó un gemido lastimero. O por lo menos eso creyó él.
La humedad se albergaba en la falange y en menos de un segundo estaba en la boca de ella. Lo chupó íntegro.
- No pasa nada – Respondió tardíamente – Traeme un vaso de agua
- Sí, abuelo.
Humedadmuecamiedodolor. Apoyóelvaso. Seretiró. Mueca.
El anciano llevó sus tentáculos a su miembro y lo descubrió erecto y caliente. Bebió el agua no sin algo de apuro y lo colocó vacío con la mano izquierda en la punta del pene. Luego, con la mano derecha inició su rutinario movimiento de ascensor. Mientras las imágenes iban desapareciendo al compás del cerrar de sus párpados, pensaba con qué juego nuevo haría que su nieta se tragara el futuro contenido del vaso.-


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