Psicosis en Walrus
Para contarles la procedencia del documento transcripto arriba, la mejor introducción es una idea que constaté hace poco: Lo malo de tomar colectivos es que aunque salgas del sitio correcto, te puede llevar tranquilamente al sitio equivocado ¿Nunca viste en los documentales que pasan bondis por Kuala Lumpur, en safaris fotográficos y exhibiciones de negros? Bueno. Ese es un ejemplo perfecto de cuán a la mierda te puede llevar un colectivo. El ejemplo que vengo a contar es otro. Un día me tomo uno de la línea ciento doce y me despierto con una melodía en la cabeza. Sin querer estoy cantando, con mi laúd sobre la panza, una vieja tonada de mi tierra “Lo Do del way you do, lo do del way you do, everything wll turn to ashes.”, siendo un bardo inglés o, por el tono, quizás irlandés. Ok. Un bardo no parece algo malo para ser. Al contrario, tiene bastante onda. Un poco jodido aprender a tocar el laúd, pero nada del otro mundo. Obviamente no hablo de la Inglaterra del Príncipe Carlos, hablo del siglo X.
Vos en mi lugar hubieras hecho lo mismo que hice yo: Preguntar por dónde andaba y dónde debería haberme bajado. Al final, un tipo que estaba comprando un vino me dice: “Estamos en la tierra de Walrus.” “¿Cómo se vuelve?” pregunto. El tipo, con cara importada de boliviano me dice perplejo “Yo no sé, ¿Vos como viniste? Tomate lo que viniste” y se tomó su vino, antes de sonar sus bruces y sacudir la cabeza de izquierda a derecha. Traté de enfocarme: enfilar íntegro y grave, frío pero con firmeza y siempre sin pesadez, con la ductilidad que un bardo de animé (pues tal era mi condición) debía adoptar en toda circunstancia. Fui a la parada del ciento doce que volvía. Y volvía hecho una piltrafa sacada de un collage de Bernasconi. Pero me lo tomé ¿qué más podía hacer? Dejé pasar a los veleros, a los carpinteros y a los granjeros antes, porque así somos los bardos, y cuando, por fin estoy sentándome, todos me miran como si hubiera cometido una profunda descortesía. Comprendo que bardo es el que canta y emprendo, alegremente, mi canción favorita, una versión personal de esa melodía que tantas veces se había copiado con variaciones por toda la extensión de mi tierra.
Lo Do del way you do,
lo do del way you do,
everything wll turn to ashes.
Aunque venían cantando alegremente y con emoción, cuando empecé a repetir el leit motiv de la canción, todos habían entendido, temido, confundido y recluído en los pantanos de su memoria medieval, la letra. Todos miraban al piso gravemente, tratando de olvidar lo que la letra había dicho y después, como perros ciegos buscando su tacho de agua, lo miraron todos a Walrus, el padre de familia, de serio perfil y firme calva, que estaba sentado al fondo, en los sillones de más arriba, con su esposa devota y su hija, la hermosa Princesa Eugenia. Yo estaba en su presencia, siendo un sucio bardo que oficiaba a veces de ropavejero, en este extraño vehículo, un colectivo de la línea ciento doce, sobre el que el sol salpicaba una luz pobrísima sacada de una película de los setenta. La mohosa superficie sepia exterior del parabrisas con una rajadura que parecía una telaraña adherida como un hongo y ondulando microscópicamente sobre el moho, o más bien como una gran araña despatarrada en más direcciones que patas, haciendo gimnasia de estiramiento.
En ese lugar vi cómo vive Walrus mientras lo veo (quizás en el texto prefiera decirle Waldus en algunos tramos, porque me parece un idiota y Waldus me parece un buen nombre para un idiota). A un lado su mujer y del otro la Princesita Eugenia, vestida con la túnica azul de la sabiduría y la frialdad que recubre a las niñas de la realeza cuando llegan a púberes. Yo sigo parado, hace pocos segundos saqué mi boleto y empecé la canción, para interrumpirla después de pocos segundos, es decir: ahora. Walrus y su familia me dicen con la mirada Walrus dice lo que dice y el mensaje, de tan vacío, es definitivo y persuasivo. Nadie querría chocar su mandíbula contra la de Walrus, sólo el mismo Walrus si eso se pudiera.
Alrededor de los tres miembros de la realeza, se bate la crema del poder de Walrus: El terrateniente, los dos bufones autistas con su ipod, el guardacárceles. Todos ellos son (como diría una vieja canción que compuse) “payasos disfrazados de caballeros en un circo planificado por Él, por aquél que es todo lo que no es Walrus.”
”Walrus metete a tu familia en el orto porque Dios me ama.” Retumbó el grito que di entre copas y filosofía de goma, a la mitad del viaje. Retumbó por los pasillos y las galerías, y llego a los oídos que todo lo oyen de Walrus. Y abierto el río, no pude contener su cauce:
“Walrus! Todas tus bagaturas* como ositos que fabrican y arman casas cuando no los miras, y cuando los mirás interrumpen el trabajo para saludarte en su alegre ‘rol playmobil’ de osito constructor… Y vos” señalé al mago, absorto en la ventanilla de la izquierda “que pensás que el mundo está hecho para vos, antiguo sabio, mago vetusto… Si el mundo fuera para vos, vos serías Walrus, tonto mago del montón! Estás habitando un país ajeno, por el mero orgullo idiota de ser mago, de ser sabio!” Canto a los gritos. “Y todos ustedes! Campesinos, motociclistas, vaqueros homosexuales y olimpistas con pulmotor, por amor al estereotipo que la sociedad requiere que ustedes seáis, que nunca es lo que es, porque la sociedad es un invento colectivo, y lo imaginaron sus abuelos y los árboles de sus abuelos, que albergaban las almas de las personas que ahora ustedes son. Todos nosotros observamos Walrus y la construímos como en un libro infantil de imágenes tridimensionales desplegables. Ahora todo es imaginado.
¿Pero tuya? la sociedad no es tuya, campesino. Y no es de la Princesa Eugenia, porque vos sos atemporal. Ve campesino que me dices que me gano la vida fácil siendo trovador: si quisieras ser músico, si realmente lo quisieras, no sólo serías músico inmediatamente, sino que además ser músico sería ser como el gran Walrus ¿No ves que no sos Walrus? ¿No ves que toda realidad que no te conforma tiene que ser el sueño de otra persona a la que sí conforma? Tontísimo tonto ¿Cómo vivirías en los zapatos de Walrus? Piénsalo. Tienes que buscarlo primero, llegar a sus zapatos y pedírselos, pues Walrus tiene zapatos de todas las tallas para todos nosotros. Él te besará, te hará el amor una noche en que la órbita de la luna se ubique perfectamente entre la línea de Walrus y la nebulosa de la pequeña Eugenia. Y entonces serás Walrus! Tonto obsecuente de segundero, ahí recién podrás preguntarte por qué no eres Él, por qué no eres todo aquello que Walrus no es.”
Mientras estuve entretenido en este discurso se había acercado la brillante cabeza de Walrus. Ahora me hablaba en un susurro que se podía escuchar a media cuadra:
“Y tú, dulce payador, que hablas de todo lo que no es Walrus, dime ¿Dónde ves algo que no sea Walrus? Las pareces son Walrus, tú lo sabes, el pasto que ves allá (eso ya lo decreté un día de alta presión antes de que existieras) es Walrus y nada menos. Y tus memorias, las memorias de las madres de tus hijos y de todos los padres que tuvieron tú y tus hermanos…” Walrus subía la voz para insultarme y luego se serenó y concluyó “Dime eterno extranjero de todas partes, trovador, viajero ¿qué es aquello que no es Walrus?”
“Pero si es usted quien lo sabe, miseñor Walrus, yo sé que lo sabe usted únicamente porque anduve por sus tierras, sólo las suyas ¿No es acaso su torre la más alta de todo el castillo y de todo el reino, por lejos? ¿No es sólo usted quien entra a la alcoba real y no es usted quien cuida celosamente que así sea? ¿No bloquea usted el camino a la cortina más oscura, pesada y ornamentada del reino, que es también la que esconde el punto más alto, la perspectiva más larga de todo Walrus? ¿No es, en definitiva, usted quien tiene por derecho de facto la posibilidad de ver allá donde ninguna de nuestras rutas llegó jamás? Ahora dígame,” dije vigorizado por mi verborragia “¿Qué es lo que no es Walrus?” El eco de lo que no había sido dicho voló como un ruido blanco, como un espejo de agua haciendo el nado de las mantarrayas, entre el oscuro mar de gente que se tapaba la cabeza y se cubría en los asientos, con las sombras alargadas volviendo invisibles las pelusas de los rincones.
“Usted está loco.” Me dijo Walrus despectivamente.
“Precisamente. Yo no entiendo el tiempo de Walrus. Usted puede decir que dijo exactamente lo que querría haber dicho, y por los poderes de su mundo que lo habrá dicho, de manera objetiva y científica. Pero nunca podrá decirme de manera inequívoca cuándo lo dijo, pues es imposible que yo comparta la continuidad del tiempo que hace a Walrus, o al menos es imposible que usted sepa que la comparto. El tiempo va a ser su ruina. Siempre voy a nadar entre las corrientes que sólo mi tiempo conozca cuando me interne en los ríos eternos del bosque de Walrus, pasando el camino techado por los árboles de Walrus, con sus sombras de Walrus, cuando me piquen las moscas, la urticaria, la ansiedad y luego la desazón de Walrus, pisando las tierras de Walrus con el dolor de mi rodilla izquierda, siempre con problemas, ese dolor que no puedo deberle a otro que el bueno de Walrus. Ahora piense: ¿a qué tiempo cree que me interno en los Bosques de Walrus? A mi propio tiempo, idiota celestial. Pues Walrus es todo lo que permanece, es todo lo que no se mueve. Es lo que no tiene tiempo en sí mismo hasta que yo lo echo a andar con mi carro, al ritmo de mis canciones dulces cada mañana. Usted, mi querido Walrus, es el fantasma de un movimiento, es un bloque espeso de restos de persona, con nervios y sentimentalismos bien hinchados y tonificados. Usted vive en la quietud, mi mayúsculo, amado… monarca congelado.”
Mi interlocutor se desfiguraba y sus ojos daban vueltas preguntándole todo a cada átomo, entendían que no había nada del otro lado, ni fuera ni dentro, ni en, ni sin; nada que fuera Walrus. Supe que la boca de muerto me pedía que terminara. “Yo vivo a mi tiempo porque usted no me ama” Walrus se sonrojó, “Usted se ama a sí mismo, y a todo lo que es el torpe Waldus.
Pero Dios sí me ama a mí y es mi tiempo el que Él Mueve, tiempo que no mide en escenas de películas de acción, en explosiones, en guerras, en esta parasitaria visión de la historia que usted creó con los medios de comunicación que se eternizaron en su camino estancado de un ejércitos de insectos. Los instantes de mi tiempo se construyen con acciones justas desde que empecé a cantar. El próximo instante es aquél en el que muere el tonto Waldus, después de ver el brillo que invento cuando desenvaino mi espada, en mi propio tiempo, y ejecuto la última de mis acciones justas. Luego me bajo de este colectivo, en donde encontré la misteriosa hoja que contiene el poema transcripto arriba y busco al poeta responsable de él.
Algún día, creo que es innegable esto, algún día usted no existirá, Walrus. Y la gente hablará de este mundo como un recuerdo que quedó en el pegamento de los carteles deshechos y en la memoria de las paredes despintadas. Un día voy a prender un cigarrillo mientras espero el colectivo y le voy a decir a la persona más cercana, bajo el dintel de un edificio público de fachada romana y en ruinas, algo que no puedo saber con exactitud, pero que sonará parecido a “¿Te acordás de cuando el colectivo te dejaba en Walrus?”
* bagaturas: Portmanteau que une las palabras bagatelas y baraturas
Me dijeron mil veces que pensara el chau fan.
En esa casa que ¿de quién era?
No era mía, era de Walrus.
El gran señor de esta aldea, el que dice ser señor de todo lo que dice. Él dice quién guarda lo que él dice, quién puede intentar interpretar lo que él dice (y ni hablar de qué elegido pueda un día decir lo que él dice!). En definitiva, Walrus decide dónde queda lo que dice. Es un rey que dice lo que dice, pero nadie está seguro de qué es eso porque es imposible encontrarlo.L Smith, Ropavejero de Walrus.
En esa casa que ¿de quién era?
No era mía, era de Walrus.
El gran señor de esta aldea, el que dice ser señor de todo lo que dice. Él dice quién guarda lo que él dice, quién puede intentar interpretar lo que él dice (y ni hablar de qué elegido pueda un día decir lo que él dice!). En definitiva, Walrus decide dónde queda lo que dice. Es un rey que dice lo que dice, pero nadie está seguro de qué es eso porque es imposible encontrarlo.L Smith, Ropavejero de Walrus.
Para contarles la procedencia del documento transcripto arriba, la mejor introducción es una idea que constaté hace poco: Lo malo de tomar colectivos es que aunque salgas del sitio correcto, te puede llevar tranquilamente al sitio equivocado ¿Nunca viste en los documentales que pasan bondis por Kuala Lumpur, en safaris fotográficos y exhibiciones de negros? Bueno. Ese es un ejemplo perfecto de cuán a la mierda te puede llevar un colectivo. El ejemplo que vengo a contar es otro. Un día me tomo uno de la línea ciento doce y me despierto con una melodía en la cabeza. Sin querer estoy cantando, con mi laúd sobre la panza, una vieja tonada de mi tierra “Lo Do del way you do, lo do del way you do, everything wll turn to ashes.”, siendo un bardo inglés o, por el tono, quizás irlandés. Ok. Un bardo no parece algo malo para ser. Al contrario, tiene bastante onda. Un poco jodido aprender a tocar el laúd, pero nada del otro mundo. Obviamente no hablo de la Inglaterra del Príncipe Carlos, hablo del siglo X.
Vos en mi lugar hubieras hecho lo mismo que hice yo: Preguntar por dónde andaba y dónde debería haberme bajado. Al final, un tipo que estaba comprando un vino me dice: “Estamos en la tierra de Walrus.” “¿Cómo se vuelve?” pregunto. El tipo, con cara importada de boliviano me dice perplejo “Yo no sé, ¿Vos como viniste? Tomate lo que viniste” y se tomó su vino, antes de sonar sus bruces y sacudir la cabeza de izquierda a derecha. Traté de enfocarme: enfilar íntegro y grave, frío pero con firmeza y siempre sin pesadez, con la ductilidad que un bardo de animé (pues tal era mi condición) debía adoptar en toda circunstancia. Fui a la parada del ciento doce que volvía. Y volvía hecho una piltrafa sacada de un collage de Bernasconi. Pero me lo tomé ¿qué más podía hacer? Dejé pasar a los veleros, a los carpinteros y a los granjeros antes, porque así somos los bardos, y cuando, por fin estoy sentándome, todos me miran como si hubiera cometido una profunda descortesía. Comprendo que bardo es el que canta y emprendo, alegremente, mi canción favorita, una versión personal de esa melodía que tantas veces se había copiado con variaciones por toda la extensión de mi tierra.
Lo Do del way you do,
lo do del way you do,
everything wll turn to ashes.
Aunque venían cantando alegremente y con emoción, cuando empecé a repetir el leit motiv de la canción, todos habían entendido, temido, confundido y recluído en los pantanos de su memoria medieval, la letra. Todos miraban al piso gravemente, tratando de olvidar lo que la letra había dicho y después, como perros ciegos buscando su tacho de agua, lo miraron todos a Walrus, el padre de familia, de serio perfil y firme calva, que estaba sentado al fondo, en los sillones de más arriba, con su esposa devota y su hija, la hermosa Princesa Eugenia. Yo estaba en su presencia, siendo un sucio bardo que oficiaba a veces de ropavejero, en este extraño vehículo, un colectivo de la línea ciento doce, sobre el que el sol salpicaba una luz pobrísima sacada de una película de los setenta. La mohosa superficie sepia exterior del parabrisas con una rajadura que parecía una telaraña adherida como un hongo y ondulando microscópicamente sobre el moho, o más bien como una gran araña despatarrada en más direcciones que patas, haciendo gimnasia de estiramiento.
En ese lugar vi cómo vive Walrus mientras lo veo (quizás en el texto prefiera decirle Waldus en algunos tramos, porque me parece un idiota y Waldus me parece un buen nombre para un idiota). A un lado su mujer y del otro la Princesita Eugenia, vestida con la túnica azul de la sabiduría y la frialdad que recubre a las niñas de la realeza cuando llegan a púberes. Yo sigo parado, hace pocos segundos saqué mi boleto y empecé la canción, para interrumpirla después de pocos segundos, es decir: ahora. Walrus y su familia me dicen con la mirada Walrus dice lo que dice y el mensaje, de tan vacío, es definitivo y persuasivo. Nadie querría chocar su mandíbula contra la de Walrus, sólo el mismo Walrus si eso se pudiera.
Alrededor de los tres miembros de la realeza, se bate la crema del poder de Walrus: El terrateniente, los dos bufones autistas con su ipod, el guardacárceles. Todos ellos son (como diría una vieja canción que compuse) “payasos disfrazados de caballeros en un circo planificado por Él, por aquél que es todo lo que no es Walrus.”
”Walrus metete a tu familia en el orto porque Dios me ama.” Retumbó el grito que di entre copas y filosofía de goma, a la mitad del viaje. Retumbó por los pasillos y las galerías, y llego a los oídos que todo lo oyen de Walrus. Y abierto el río, no pude contener su cauce:
“Walrus! Todas tus bagaturas* como ositos que fabrican y arman casas cuando no los miras, y cuando los mirás interrumpen el trabajo para saludarte en su alegre ‘rol playmobil’ de osito constructor… Y vos” señalé al mago, absorto en la ventanilla de la izquierda “que pensás que el mundo está hecho para vos, antiguo sabio, mago vetusto… Si el mundo fuera para vos, vos serías Walrus, tonto mago del montón! Estás habitando un país ajeno, por el mero orgullo idiota de ser mago, de ser sabio!” Canto a los gritos. “Y todos ustedes! Campesinos, motociclistas, vaqueros homosexuales y olimpistas con pulmotor, por amor al estereotipo que la sociedad requiere que ustedes seáis, que nunca es lo que es, porque la sociedad es un invento colectivo, y lo imaginaron sus abuelos y los árboles de sus abuelos, que albergaban las almas de las personas que ahora ustedes son. Todos nosotros observamos Walrus y la construímos como en un libro infantil de imágenes tridimensionales desplegables. Ahora todo es imaginado.
¿Pero tuya? la sociedad no es tuya, campesino. Y no es de la Princesa Eugenia, porque vos sos atemporal. Ve campesino que me dices que me gano la vida fácil siendo trovador: si quisieras ser músico, si realmente lo quisieras, no sólo serías músico inmediatamente, sino que además ser músico sería ser como el gran Walrus ¿No ves que no sos Walrus? ¿No ves que toda realidad que no te conforma tiene que ser el sueño de otra persona a la que sí conforma? Tontísimo tonto ¿Cómo vivirías en los zapatos de Walrus? Piénsalo. Tienes que buscarlo primero, llegar a sus zapatos y pedírselos, pues Walrus tiene zapatos de todas las tallas para todos nosotros. Él te besará, te hará el amor una noche en que la órbita de la luna se ubique perfectamente entre la línea de Walrus y la nebulosa de la pequeña Eugenia. Y entonces serás Walrus! Tonto obsecuente de segundero, ahí recién podrás preguntarte por qué no eres Él, por qué no eres todo aquello que Walrus no es.”
Mientras estuve entretenido en este discurso se había acercado la brillante cabeza de Walrus. Ahora me hablaba en un susurro que se podía escuchar a media cuadra:
“Y tú, dulce payador, que hablas de todo lo que no es Walrus, dime ¿Dónde ves algo que no sea Walrus? Las pareces son Walrus, tú lo sabes, el pasto que ves allá (eso ya lo decreté un día de alta presión antes de que existieras) es Walrus y nada menos. Y tus memorias, las memorias de las madres de tus hijos y de todos los padres que tuvieron tú y tus hermanos…” Walrus subía la voz para insultarme y luego se serenó y concluyó “Dime eterno extranjero de todas partes, trovador, viajero ¿qué es aquello que no es Walrus?”
“Pero si es usted quien lo sabe, miseñor Walrus, yo sé que lo sabe usted únicamente porque anduve por sus tierras, sólo las suyas ¿No es acaso su torre la más alta de todo el castillo y de todo el reino, por lejos? ¿No es sólo usted quien entra a la alcoba real y no es usted quien cuida celosamente que así sea? ¿No bloquea usted el camino a la cortina más oscura, pesada y ornamentada del reino, que es también la que esconde el punto más alto, la perspectiva más larga de todo Walrus? ¿No es, en definitiva, usted quien tiene por derecho de facto la posibilidad de ver allá donde ninguna de nuestras rutas llegó jamás? Ahora dígame,” dije vigorizado por mi verborragia “¿Qué es lo que no es Walrus?” El eco de lo que no había sido dicho voló como un ruido blanco, como un espejo de agua haciendo el nado de las mantarrayas, entre el oscuro mar de gente que se tapaba la cabeza y se cubría en los asientos, con las sombras alargadas volviendo invisibles las pelusas de los rincones.
“Usted está loco.” Me dijo Walrus despectivamente.
“Precisamente. Yo no entiendo el tiempo de Walrus. Usted puede decir que dijo exactamente lo que querría haber dicho, y por los poderes de su mundo que lo habrá dicho, de manera objetiva y científica. Pero nunca podrá decirme de manera inequívoca cuándo lo dijo, pues es imposible que yo comparta la continuidad del tiempo que hace a Walrus, o al menos es imposible que usted sepa que la comparto. El tiempo va a ser su ruina. Siempre voy a nadar entre las corrientes que sólo mi tiempo conozca cuando me interne en los ríos eternos del bosque de Walrus, pasando el camino techado por los árboles de Walrus, con sus sombras de Walrus, cuando me piquen las moscas, la urticaria, la ansiedad y luego la desazón de Walrus, pisando las tierras de Walrus con el dolor de mi rodilla izquierda, siempre con problemas, ese dolor que no puedo deberle a otro que el bueno de Walrus. Ahora piense: ¿a qué tiempo cree que me interno en los Bosques de Walrus? A mi propio tiempo, idiota celestial. Pues Walrus es todo lo que permanece, es todo lo que no se mueve. Es lo que no tiene tiempo en sí mismo hasta que yo lo echo a andar con mi carro, al ritmo de mis canciones dulces cada mañana. Usted, mi querido Walrus, es el fantasma de un movimiento, es un bloque espeso de restos de persona, con nervios y sentimentalismos bien hinchados y tonificados. Usted vive en la quietud, mi mayúsculo, amado… monarca congelado.”
Mi interlocutor se desfiguraba y sus ojos daban vueltas preguntándole todo a cada átomo, entendían que no había nada del otro lado, ni fuera ni dentro, ni en, ni sin; nada que fuera Walrus. Supe que la boca de muerto me pedía que terminara. “Yo vivo a mi tiempo porque usted no me ama” Walrus se sonrojó, “Usted se ama a sí mismo, y a todo lo que es el torpe Waldus.
Pero Dios sí me ama a mí y es mi tiempo el que Él Mueve, tiempo que no mide en escenas de películas de acción, en explosiones, en guerras, en esta parasitaria visión de la historia que usted creó con los medios de comunicación que se eternizaron en su camino estancado de un ejércitos de insectos. Los instantes de mi tiempo se construyen con acciones justas desde que empecé a cantar. El próximo instante es aquél en el que muere el tonto Waldus, después de ver el brillo que invento cuando desenvaino mi espada, en mi propio tiempo, y ejecuto la última de mis acciones justas. Luego me bajo de este colectivo, en donde encontré la misteriosa hoja que contiene el poema transcripto arriba y busco al poeta responsable de él.
Algún día, creo que es innegable esto, algún día usted no existirá, Walrus. Y la gente hablará de este mundo como un recuerdo que quedó en el pegamento de los carteles deshechos y en la memoria de las paredes despintadas. Un día voy a prender un cigarrillo mientras espero el colectivo y le voy a decir a la persona más cercana, bajo el dintel de un edificio público de fachada romana y en ruinas, algo que no puedo saber con exactitud, pero que sonará parecido a “¿Te acordás de cuando el colectivo te dejaba en Walrus?”
* bagaturas: Portmanteau que une las palabras bagatelas y baraturas



sniff
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