Tengo trece, tal vez catorce años. Estoy dentro del automóvil con mi papá, en silencio, sentado a su lado. Es cerca del mediodía, el día esta claro, estamos en una autopista embotellada de ciudad. Y vemos un accidente. Un accidente tremendo, un camión enorme pierde el rumbo, se tambalea, y cae arriba de un pequeño auto amarillo. ¿Amarillo? No sé por qué amarillo. Lo recuerdo amarillo, de tipo japonés, pequeño. El auto quedó aplastado totalmente por el camión.
Nosotros estábamos a pocos metros, y sin saber lo que hacemos, sin darnos cuenta, como si sólo éso pudiéramos hacer, abrimos las puertas, papá y yo, sin consultarnos, y corremos enloquecidos hacia el auto aplastado. Ambos habíamos visto (lo supongo, hoy, que lo recuerdo, lo supongo) a la hermosa mujer que estaba dentro del auto aplastado. Era muy joven. Hoy la veo joven, no más de veinte años. En ese momento, cuando yo tenía trece o catorce años, para mí era una diosa, un sueño, una visión incomprensible. Papá dice “hay que sacarla”, el lo intenta, pero la situación es muy difícil. Ella no está visible ahora, solo se puede ver el morro deformado y retorcido del coche, bajo la masa agonizante del camión. No se ve nada. Sólo hay un pequeño hueco, un hueco por donde mi papá no puede pasar. Pero yo sí.
Le digo “yo puedo, papá”, y sin pensarlo, sin esperar su respuesta, me lanzo hacia adentro.
Ella está recostada dentro del coche, solo yo puedo verla. Me acuerdo de su sonrisa, de su sonrisa brillante, que me partía el corazón de alegría. Todo el tiempo estuvo sonriendo, mientras habló conmigo. Mi papá me gritaba desde afuera, me avisaba que ya venían los bomberos, que ya llegaba la ambulancia...
Mientras tanto, ella y yo charlamos y charlamos. Le pregunté su nombre, me dijo “Ana”. Yo intentaba distraerla de la situación, le conté sobre mi vida, le hablé de mil cosas estúpidas. Estuve casi dos horas con ella, hablando, porque el embotellamiento hizo muy difícil que llegara la ayuda. Cuando finalmente llegaron los bomberos, mi papá me llamó y me pidió que saliera. Antes de salir, Ana me guiñó el ojo, y me dijo: “te prometo, mi bombón, que cuando me saquen de aquí te voy a regalar la mejor noche de tu vida”. Me quedé sin aliento, fulminado en el lugar. Ella se rió, y yo sin decir nada, de a poco, fui gateando marcha atrás.
Entre que los bomberos usaban sus herramientas, yo le contaba todo lo que había pasado a mi papá y a los mismos bomberos, saltando alrededor del coche, lleno de impaciencia, gritándole a Ana que ya la íbamos a sacar. No les conté sobre la oferta final de Ana. Eso era sólo para mí.
Cuando lograron abrir el coche, yo estaba sentado a un costado. No pude mirar cuando lo abrieron, tenía mucha ansiedad, y estaba muy cansado. Me tenía que sentar.
Esperé. Nadie me dijo nada. Me levanté, gritando “¡Ana, Ana!” Ningún bombero me miró a los ojos, por más que les quería hablar. Nadie quiso hablar conmigo, se apartaron todos de mí.
Encontraron a esa mujer tan bonita. Pero la cabeza estaba separada del cuerpo. Había sido decapitada por el accidente, la cabeza y el cuerpo estaban cerca, muy cerca, pero la cabeza no se conectaba con el cuerpo.
Hasta el día de su muerte, papá pretendió que esa conversación entre Ana y yó jamás había existido, y si yo quería hablar del tema, se ponía muy mal, violento. Por supuesto que a partir de ese momento, nada entre nosotros fue ya igual.
Sin embargo, yo sé que se llamaba Ana.
Slds.
Aguijonmagico.
Nosotros estábamos a pocos metros, y sin saber lo que hacemos, sin darnos cuenta, como si sólo éso pudiéramos hacer, abrimos las puertas, papá y yo, sin consultarnos, y corremos enloquecidos hacia el auto aplastado. Ambos habíamos visto (lo supongo, hoy, que lo recuerdo, lo supongo) a la hermosa mujer que estaba dentro del auto aplastado. Era muy joven. Hoy la veo joven, no más de veinte años. En ese momento, cuando yo tenía trece o catorce años, para mí era una diosa, un sueño, una visión incomprensible. Papá dice “hay que sacarla”, el lo intenta, pero la situación es muy difícil. Ella no está visible ahora, solo se puede ver el morro deformado y retorcido del coche, bajo la masa agonizante del camión. No se ve nada. Sólo hay un pequeño hueco, un hueco por donde mi papá no puede pasar. Pero yo sí.
Le digo “yo puedo, papá”, y sin pensarlo, sin esperar su respuesta, me lanzo hacia adentro.
Ella está recostada dentro del coche, solo yo puedo verla. Me acuerdo de su sonrisa, de su sonrisa brillante, que me partía el corazón de alegría. Todo el tiempo estuvo sonriendo, mientras habló conmigo. Mi papá me gritaba desde afuera, me avisaba que ya venían los bomberos, que ya llegaba la ambulancia...
Mientras tanto, ella y yo charlamos y charlamos. Le pregunté su nombre, me dijo “Ana”. Yo intentaba distraerla de la situación, le conté sobre mi vida, le hablé de mil cosas estúpidas. Estuve casi dos horas con ella, hablando, porque el embotellamiento hizo muy difícil que llegara la ayuda. Cuando finalmente llegaron los bomberos, mi papá me llamó y me pidió que saliera. Antes de salir, Ana me guiñó el ojo, y me dijo: “te prometo, mi bombón, que cuando me saquen de aquí te voy a regalar la mejor noche de tu vida”. Me quedé sin aliento, fulminado en el lugar. Ella se rió, y yo sin decir nada, de a poco, fui gateando marcha atrás.
Entre que los bomberos usaban sus herramientas, yo le contaba todo lo que había pasado a mi papá y a los mismos bomberos, saltando alrededor del coche, lleno de impaciencia, gritándole a Ana que ya la íbamos a sacar. No les conté sobre la oferta final de Ana. Eso era sólo para mí.
Cuando lograron abrir el coche, yo estaba sentado a un costado. No pude mirar cuando lo abrieron, tenía mucha ansiedad, y estaba muy cansado. Me tenía que sentar.
Esperé. Nadie me dijo nada. Me levanté, gritando “¡Ana, Ana!” Ningún bombero me miró a los ojos, por más que les quería hablar. Nadie quiso hablar conmigo, se apartaron todos de mí.
Encontraron a esa mujer tan bonita. Pero la cabeza estaba separada del cuerpo. Había sido decapitada por el accidente, la cabeza y el cuerpo estaban cerca, muy cerca, pero la cabeza no se conectaba con el cuerpo.
Hasta el día de su muerte, papá pretendió que esa conversación entre Ana y yó jamás había existido, y si yo quería hablar del tema, se ponía muy mal, violento. Por supuesto que a partir de ese momento, nada entre nosotros fue ya igual.
Sin embargo, yo sé que se llamaba Ana.
Slds.
Aguijonmagico.


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