Estaba mirando por la ventana, sosteniéndome las piernas flexionadas, sentado sobre la cama deshecha, con más revistas y libros que sábanas. Afuera la lluvia igualaba todo, excepto un cartel de Coca Cola que no terminaba de inventarse nunca. Una pareja corría por la playa con un perro, las miradas, las luces y la espuma eran indicios de un misterio extraño y profundo, cuando creíamos interpretar algo (o al menos yo lo creí) el hombre y la mujer eran irreales, la playa también. El perro miraba, como envuelto en un ensueño, las tareas que su cuidadora realizaba de un lado a otro del cálido departamento. Afuera llovía, como afuera del cartel, y de uno de los edificios de enfrente salía otra luz afectuosa, que envolvía la cocina donde un hombre terminaba de poner al horno su lasaña y se quitaba el gorro y el delantal de cocinero para acercarse al viejo sillón donde uno de los obsoletos aparatos de televisión emitía una publicidad de Coca- Cola. Cuando se acomoda en el sofá todo se torna de un color mucho más “Coca-Cola”, el momento máximo de comodidad es cortado, es eternizado, y en un corte seco atravesamos la calle de lluvia. La cámara muestra en primer plano y con una ligera angulación de lente, la cara cómica del perro sacando la lengua. Enfrente suyo, como hipnotizándolo, una fotografía de dos metros de altura adorna una pared: se trata de gente jugando al voley en la playa, debajo está el logotipo de Coca-Cola. Su cuidadora lo saca del aturdimiento para llamarlo a comer, dando palmadas. La cámara se aleja mientras espiamos esa cena íntima; el mensaje inevitable: si cena con su perro, es una solterona. Cosas que pasan. Miro para adentro de casa y me quedo pensando. El programa es capaz de combinar decenas de miles de conceptos y situaciones para dar esta trama continua, que resume una buena parte de la historia de la humanidad, aunque claro, respondiendo a la identidad de Coca Cola, a su visión del mundo. Me acuerdo que hace quince años, cuando todavía los primeros carteles autoprogramados eran un medio inseguro y a prueba, Bayer tuvo un problema serio que todavía arrastra. Un cartel que había en Georgia mostraba a un chico con dolor de muelas en un campo de concentración de Japoneses en los Estados Unidos. Algunos periodistas combativos lo atribuyeron al nacionalismo de la empresa alemana, a resentimientos de la guerra… Pero evidentemente fue un error que nadie quiso, se despidieron a algunos ingenieros y hubo noticias más importantes.
the sniper in the brain...regurgitatingng drain!! inceestuooss and vaneee and many other last nammess
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