Ví el thread de Verdi sobre mujeres toquetonas y no pude no pensar en esta anécdota. Fué el momento más erótico en mi vida, único e irrepetible.
Tuve millones de apoyadas en transporte público, pero esto fue incomparable.
Allá por 2009, un día de verano estaba yendo a trabajar, entraba a las 15.00. Hacía mucho calor. Tomé el tren como siempre, pero al llegar a la estación de Lanús se suspendió el servicio por un corte en puente Pueyrredón. A las puteadas me dispuse a tomar el colectivo para llegar hasta digamos retiro y de ahí ir al trabajo.
El colectivo, obviamente estaba asquerosamente lleno y quedé trabado en algún lugar entre la puerta de atrás y el antepenúltimo asiento.
A medida que siguió entrando gente, terminó delante mío una diosa del Olimpo. Y no exagero, no señor, esa clase de mujeres que ves muy de vez en cuando en la calle y bastante seguido en televisión. Alrededor de 1.80mts, morocha, delgada pero con buenos pechos y un culo que era una reliquia tallada a mano por los mejores artesanos suizos.
Al arrancar el colectivo ya no entraba un átomo y dada su altura, su hermoso culo estaba apoyado contra mi masculinidad con la presión perfecta. Era una maravilla, pero como buen caballero intenté correrme, pero fué imposible. Ella estaba al tanto que la estaba apoyando obscenamente pero tampoco podía hacer nada.
Dados los los toscos movimientos del colectivo, su delgado vestido de algodón y mis bermudas también finas de tela de avión, podía sentir con precisión quirúrgica cada delicioso movimiento de sus nalgas contra mi bulto incluso llegué a distinguir el relieve que la tanga que tenía puesta.
No hizo falta llegar a Avellaneda para que se me parara la pija de una manera exorbitante. Por un capricho de dios y mi boxer, calzó perfectamente entre esas nalgas golosas y sentir como las separaba mientras se me ponía más y más dura era una mezcla entre delicia y vergüenza increíble. Juro por Dalma y Gianina que no podía hacer nada para impedirlo. Y concentrarme para que se me fuera la excitación sólo incrementaba la hermosa sensación, por supuesto, estirar la mano y moverla para un costado era demasiado como para siquiera intentarlo.
En algún momento entre Avellaneda e Irigoyen entré en trance y me dí cuenta, de repente la gente alrededor desapareció y el sonido de celulares, tránsito, motores se apagó instantáneamente. Eramos sólo yo y ese culo precioso como los que solo creía que existían gracias a photoshop. Estas nalgas que se separaban mientras más y más al palo me ponía y el glande empezando a descubrirse por el esfuerzo sobrehumano que mi pene estaba haciendo por decir: “Veni, vidi, vici” me hicieron sentir la tibiez proveniente de APOSENTO SAGRADO donde convergían esas piernas de caoba. Me hizo perder noción del tiempo, lugar y concepto de sociedad humana.
Al llegar a la autopista y entrar en capital, el aumento de velocidad hizo que la diosa cayera con aún más presión contra mi. Ya mi masculinidad estaba totalmente intrucida entre sus nalgas, el calorcito se sentía tan relajante y ahora su espalda contra mi pecho me daba una experiencia totalmente extraordinaria. Me hubiese sentido un violador asqueroso sino fuese porque me resigné al no poder evitarlo.
En ese momento se da vuelta y si bien no me importaba, pues estaba en el cielo, pensé “Me emboca”.
Y ahí pasó. Lo que llevó esto de una violación imaginaria a un nuevo e incomparable nivel como nunca antes había imaginado que podría existir.
Me miró, con los ojos más hermosos que el transporte público me hubiese dado, y dibujó una sonrisa tímida pero cómplice. En ese momento mi expresión de vagabundo desconcertado debe haber sido impagable, pero antes de digerir lo que había pasado, sentí como hizo un ligero movimiento con su cadera que se sintió como si el cielo mismo hubiese venido a depositarse en la cabeza de mi pija. Se reclinó con la certeza que sólo puede tener una mujer que está al tanto de que está increíblemente buena y pude sentir toda su espalda y ahora por primera vez, el olor de su crema de enjuage que, suave como la brisa de marzo, me ponía tan pero tan al palo que mi pija parecía desgarrarse.
Ahora no sólo sabía que ella aprobaba esta apoyada que ni estando desnudos hubiese sido más perfecta sino que hacía suaves movimientos con sus nalgas que se sentían los masajes más deliciosos que el mundo me hubiese dado.
Mi mente estaba en blanco, eramos solo yo y ,ahora, ella, no simplemente su culo, unidos en una apoyada que el mismísimo Papa bendeciría. Me invadió la duda. Debía hacer algo más? O simplemente dejarlo ser y disfrutarlo?. Esta sensación me invadió hasta poco antes de llegar a la altura de San Juan. Entonces de algún lugar de mi inconsciente saqué el valor para decir “Que sea lo que sea”y la rodeé con el brazo por debajo del ombligo y esperé a ver su reacción, ni siquiera pensé en el resto de la gente, ni en el papelón que me sería, ni nada, no importaba.
Ese segundo hasta que sentí como froto con el culo en forma de aceptación me pareció eterno, pero la sensación al recibirlo fue indescriptible.
Ahora tenía la libertad de hacer un delicado masaje en sentido anti-horario en su vientre, y al haber tanta gente lejos estábamos del alcance de sus miradas, pero tampoco me importaba, ya no sabía en que calle estaba ni para que me había subido al colectivo. Todo esto era, literalmente, un orgasmo que había empezado en Lanús, casi 40 minutos atrás y se sentía increíble.
Al cabo de un rato los masajes bajaban más y más con cada vuelta y cuando sentí que cerró el puño a un lado apretando mi pantalón y con este mi pierna sabía que era la señal para activar los códigos de lanzamiento de la mejor experiencia sexual que el sindicato argentino de colectiveros haya concebido.
Con un suave movimiento abandoné los masajes para descubrir con timidez, pero a la vez firmeza el relieve de su femeneidad. En ese momento la sensación de mi pene encrustado cual excalibur en la roca de sus nalgas me abandonó y en su lugar fue como si me introdujera en su propio cuerpo y podía sentir como la afectaba mi roce y donde la tenía que tocar. Una conexión sin precedentes. Calculo que hacía 5 minutos que tenía los ojos completamentes cerrados concentrado y perdido en ese limbo de calentura pura y compartida, pero cuando los abrí pude ver como mordía milimétricamente su labio inferior, quería disimularlo y quizá engañara al ojo distraído, pero sabía que estaba experimentando lo mismo que yo.
Con una rabia delicada recorrió mi antebrazo con sus uñas y sentí que en ese momento estabamos los dos en la cúspide de la apoyada cósmica. En ese momento llegamos a destino, y la gente comenzó a bajar.
El final de la historia, en el próximo capítulo.
Tuve millones de apoyadas en transporte público, pero esto fue incomparable.
Allá por 2009, un día de verano estaba yendo a trabajar, entraba a las 15.00. Hacía mucho calor. Tomé el tren como siempre, pero al llegar a la estación de Lanús se suspendió el servicio por un corte en puente Pueyrredón. A las puteadas me dispuse a tomar el colectivo para llegar hasta digamos retiro y de ahí ir al trabajo.
El colectivo, obviamente estaba asquerosamente lleno y quedé trabado en algún lugar entre la puerta de atrás y el antepenúltimo asiento.
A medida que siguió entrando gente, terminó delante mío una diosa del Olimpo. Y no exagero, no señor, esa clase de mujeres que ves muy de vez en cuando en la calle y bastante seguido en televisión. Alrededor de 1.80mts, morocha, delgada pero con buenos pechos y un culo que era una reliquia tallada a mano por los mejores artesanos suizos.
Al arrancar el colectivo ya no entraba un átomo y dada su altura, su hermoso culo estaba apoyado contra mi masculinidad con la presión perfecta. Era una maravilla, pero como buen caballero intenté correrme, pero fué imposible. Ella estaba al tanto que la estaba apoyando obscenamente pero tampoco podía hacer nada.
Dados los los toscos movimientos del colectivo, su delgado vestido de algodón y mis bermudas también finas de tela de avión, podía sentir con precisión quirúrgica cada delicioso movimiento de sus nalgas contra mi bulto incluso llegué a distinguir el relieve que la tanga que tenía puesta.
No hizo falta llegar a Avellaneda para que se me parara la pija de una manera exorbitante. Por un capricho de dios y mi boxer, calzó perfectamente entre esas nalgas golosas y sentir como las separaba mientras se me ponía más y más dura era una mezcla entre delicia y vergüenza increíble. Juro por Dalma y Gianina que no podía hacer nada para impedirlo. Y concentrarme para que se me fuera la excitación sólo incrementaba la hermosa sensación, por supuesto, estirar la mano y moverla para un costado era demasiado como para siquiera intentarlo.
En algún momento entre Avellaneda e Irigoyen entré en trance y me dí cuenta, de repente la gente alrededor desapareció y el sonido de celulares, tránsito, motores se apagó instantáneamente. Eramos sólo yo y ese culo precioso como los que solo creía que existían gracias a photoshop. Estas nalgas que se separaban mientras más y más al palo me ponía y el glande empezando a descubrirse por el esfuerzo sobrehumano que mi pene estaba haciendo por decir: “Veni, vidi, vici” me hicieron sentir la tibiez proveniente de APOSENTO SAGRADO donde convergían esas piernas de caoba. Me hizo perder noción del tiempo, lugar y concepto de sociedad humana.
Al llegar a la autopista y entrar en capital, el aumento de velocidad hizo que la diosa cayera con aún más presión contra mi. Ya mi masculinidad estaba totalmente intrucida entre sus nalgas, el calorcito se sentía tan relajante y ahora su espalda contra mi pecho me daba una experiencia totalmente extraordinaria. Me hubiese sentido un violador asqueroso sino fuese porque me resigné al no poder evitarlo.
En ese momento se da vuelta y si bien no me importaba, pues estaba en el cielo, pensé “Me emboca”.
Y ahí pasó. Lo que llevó esto de una violación imaginaria a un nuevo e incomparable nivel como nunca antes había imaginado que podría existir.
Me miró, con los ojos más hermosos que el transporte público me hubiese dado, y dibujó una sonrisa tímida pero cómplice. En ese momento mi expresión de vagabundo desconcertado debe haber sido impagable, pero antes de digerir lo que había pasado, sentí como hizo un ligero movimiento con su cadera que se sintió como si el cielo mismo hubiese venido a depositarse en la cabeza de mi pija. Se reclinó con la certeza que sólo puede tener una mujer que está al tanto de que está increíblemente buena y pude sentir toda su espalda y ahora por primera vez, el olor de su crema de enjuage que, suave como la brisa de marzo, me ponía tan pero tan al palo que mi pija parecía desgarrarse.
Ahora no sólo sabía que ella aprobaba esta apoyada que ni estando desnudos hubiese sido más perfecta sino que hacía suaves movimientos con sus nalgas que se sentían los masajes más deliciosos que el mundo me hubiese dado.
Mi mente estaba en blanco, eramos solo yo y ,ahora, ella, no simplemente su culo, unidos en una apoyada que el mismísimo Papa bendeciría. Me invadió la duda. Debía hacer algo más? O simplemente dejarlo ser y disfrutarlo?. Esta sensación me invadió hasta poco antes de llegar a la altura de San Juan. Entonces de algún lugar de mi inconsciente saqué el valor para decir “Que sea lo que sea”y la rodeé con el brazo por debajo del ombligo y esperé a ver su reacción, ni siquiera pensé en el resto de la gente, ni en el papelón que me sería, ni nada, no importaba.
Ese segundo hasta que sentí como froto con el culo en forma de aceptación me pareció eterno, pero la sensación al recibirlo fue indescriptible.
Ahora tenía la libertad de hacer un delicado masaje en sentido anti-horario en su vientre, y al haber tanta gente lejos estábamos del alcance de sus miradas, pero tampoco me importaba, ya no sabía en que calle estaba ni para que me había subido al colectivo. Todo esto era, literalmente, un orgasmo que había empezado en Lanús, casi 40 minutos atrás y se sentía increíble.
Al cabo de un rato los masajes bajaban más y más con cada vuelta y cuando sentí que cerró el puño a un lado apretando mi pantalón y con este mi pierna sabía que era la señal para activar los códigos de lanzamiento de la mejor experiencia sexual que el sindicato argentino de colectiveros haya concebido.
Con un suave movimiento abandoné los masajes para descubrir con timidez, pero a la vez firmeza el relieve de su femeneidad. En ese momento la sensación de mi pene encrustado cual excalibur en la roca de sus nalgas me abandonó y en su lugar fue como si me introdujera en su propio cuerpo y podía sentir como la afectaba mi roce y donde la tenía que tocar. Una conexión sin precedentes. Calculo que hacía 5 minutos que tenía los ojos completamentes cerrados concentrado y perdido en ese limbo de calentura pura y compartida, pero cuando los abrí pude ver como mordía milimétricamente su labio inferior, quería disimularlo y quizá engañara al ojo distraído, pero sabía que estaba experimentando lo mismo que yo.
Con una rabia delicada recorrió mi antebrazo con sus uñas y sentí que en ese momento estabamos los dos en la cúspide de la apoyada cósmica. En ese momento llegamos a destino, y la gente comenzó a bajar.
El final de la historia, en el próximo capítulo.












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