
No siempre pasan 20 años desde el día en que te subiste por primera vez a un cacho de madera para cantarle algo a alguien. Los invito a esta fiesta", dijo Fito Páez, de elegante traje a rayas, y largó con Tema de Piluso sobre el escenario de El Círculo, en donde había debutado como solista dos décadas antes. Alberto Olmedo apareció, sonriente, a sus espaldas en pantalla gigante. Ataque certero al corazón, teatro lírico desbordado, lágrimas, camisetas de Central al revoleo: rosariazo. "Rosario siempre estuvo cerca", repitió Fito. Eran los primeros minutos de un show histórico, emotivo, que iba a durar tres horas cuarenta.
Veinte años no es nada, se llamó. Algo así como viajar por el túnel del tiempo con escalas en amores y desamores, tragedias y euforias, demonios y conjuros, excesos y momentos de luz: hijos. Con Paéz como conductor, con sus movimientos de muñeco dislocado, su talento precoz y el poderoso motor de sus vastas composiciones: tan narrativas, tan autorreferenciales, tan evocativas. De fondo, en una pantalla, las tapas de sus discos tomando vida. El teclado de Del 63 giró alrededor de aquel Fito joven y desgarbado; las nubes de Giros avanzaron y avanzaron delante de su cara, los ojos de Abre por fin se abrieron, la gota roja de Naturaleza sangre terminó tapando su mirada hacia el cielo. Y así.
En los palcos, Romina Ricci (la esposa del músico, que vino a Rosario con la pequeña hija de ambos, Margarita), familiares y amigos. Arriba del escenario, también amigos, que iban sumándose a la banda. Páez recorrió gran parte de su repertorio en casi cuarenta canciones. Al comienzo se sucedieron Cacería, Al lado del camino (algunas de sus "diez tías", como canta allí, lagrimeaban en la platea) y Volver a mí. Luego interpretó Un vestido y un amor: de pie, al borde del escenario, con la mano izquierda en el bolsillo de su pantalón y la derecha oscilando entre su mentón y los movimientos de un director de orquesta. "Y cuando me pierdo en "esta" ciudad...", cantó, apretando los párpados. Otro guiño que fue ovacionado por el público rosarino, dividido en edades bien variadas.
Tras un final con los brazos en cruz y el saco abrochado, cantó Tres agujas: su tema preferido de Del 63, el disco con el que debutó aquel 7 de setiembre del 84. A continuación apareció Fabiana Cantilo, ex novia y amiga, con la que hizo Cantando hasta que se vaya la noche y Nada es para siempre. En su canción, ella pareció quedarse sin voz —en gran parte por la emoción—, pero remontó la situación con oficio, temple y, sobre todo, con la ayuda de Fito. Las cámaras seguían cada detalle. Con las entradas agotadas a los tres días de haber salido a la venta, la enorme mayoría de los rosarinos tuvo que seguir el concierto por televisión, transmitido en directo.
El diablo de tu corazón generó un mar de brazos encrespados que se mantuvieron en alto cuando entró uno de los ídolos de la juventud de Páez: Luis Alberto Spinetta. Las caras de ellos se combinaron en la pantalla formando una sola: la tapa de La La La (un disco de 1986 que en el futuro podría tener su segunda parte). Juntos harían El centro de tu corazón y Bello abril (de Naturaleza sangre); Resumen porteño, Despiértate nena y Me gusta ese tajo (de Spinetta); y Las cosas tienen movimiento: antiquísimo tema de Páez que grabaron Baglietto y recientemente Adrián Iaies que Spinetta suele tocar con arreglos propios.
"¿Qué querés que te diga, Rosario? Estás frente a uno de los artistas más grandes del mundo", gritó Fito, tras el abrazo. Spinetta le respondió: "A tu lado no me importa ser un aprendiz 20.000 veces más". Unas horas antes, en la puerta del hotel, unos quinceañeros fanáticos de Páez le habían preguntado a Spinetta (sin ironía) quién era. "Miren, chicos, lo único que puedo decirles es que no se pierden nada", les contestó él. Y a otros, que le pedían autógrafos: "Gracias por tanto cariño. Ustedes me tratan mejor que mis nietos".
En El Círculo, una suerte de pequeño Colón en refacciones, Fito siguió con El amor después del amor: el disco con el que alcanzó el pico de su fama, en los albores de su romance con Cecelia Roth. Ahora, ya alejado de las grandes discográficas, y con menos deseos de exposición, emprendió algunas versiones con Fabiana Cantilo, Claudia Puyó y Claudio Cardone. Después se quedó solo con el piano y conmovió con una bella versión de Desarma y sangra, de otro de los músicos que influyó (y mucho) en su carrera: Charly García.
Al final, anunció "una canción que añejó bien, a la que el paso del tiempo le hizo bien, a diferencia que a mí". Y cantó Tumbas de la gloria. Después bromeó: "Rosario, la cuna de la bandera y de mis amores. Esas chicas que ni me miraban cuando iba a la escuela ahora claman por mí. Quiero decirles que nunca me tendrán". Y jugó un poco para la tribuna: "Siempre hay una gran magnitud artística aquí, algo que les hace sentir el acecho a los porteños. El gigante acechado... No, en realidad, el único gigante es el de Arroyito".
Los rosarinos primero; los hin chas de Central, después, bramaron. La emoción siguió con la honda versión de Liliana Herrero de Yo vengo a ofrecer mi corazón. Estremecedor. Desde entonces, con un Fito ya sin corbata y en zapatillas, se sucedieron temas que oscilaron entre la devastadora rabia de Ciudad de pobres corazones (compuesto luego de que fueran asesinadas la abuela y la tía abuela de Páez) y la euforia de temas como Brillante sobre el mic o A rodar, con el que cerró el concierto.
Pero habría siete bises, que empezaron con Parte del aire, en la que Fito evoca a su padre (muerto en 1985) y a su madre (que murió cuando él tenía ocho meses). "Para mis viejos", remarcó él, sin hundirse en la melancolía. Y ya en remera blanca, como si hubiera ido despojándose de las ataduras de su traje y de las otras, encaró los últimos temas. "¿Quieren ver a Rosario de verdad?", preguntó, antes de darles paso a Rubén Goldín y Juan Carlos Baglietto. Entonces fue el turno de la etapa presolista: de Actuar para vivir y de La vida es una moneda, con todos los invitados sobre el escenario. "Estamos más gordos y más viejos pero no perdimos las mañas", se despidió, en medio de rugidos y ruegos, el homenajeado.
Habrá que creerle: a los 41 años, en medio de una gira que ya lleva casi tres años, está preparando un nuevo disco y una nueva película.
Cerca, Rosario siempre estuvo cerca
tu vida siempre estuvo cerca
y esto es verdad
Vida, tu vida fue una hermosa vida
tu vida transformó la mía
y esto es verdad.
Y la vida como viene va
no hay merienda si no hay capitán.
Tanto, salimos por las calles, tanto
bebimos en los bares santos
de la verdad
y algo, me dice que perdimos algo
perdimos y ganamos algo
algo en verdad.
Y la vida como viene va
no hay merienda si no hay capitán.
Nada nos deja más en soledad
que la alegría si se va
volar, volar, volar, volar, volar
¿cómo es, Alberto, volar al más allá...?
Tira, la soga de tu cuello tira
la soga de mi cuello tira
y esto es verdad
y eran los tiempos de la primavera
dejaste tu sonrisa en ella
y esto es verdad.
Y la vida como viene va
no hay merienda si no hay capitán
Nada nos deja más en soledad
que la alegría si se va
volar, volar, volar, volar, volar
¿cómo es, Alberto, volar al más allá...?
Cerca, Rosario siempre estuvo cerca
tu vida siempre estuvo cerca
y esto es verdad
Y la vida como viene va
(Y la vida como viene va)
no hay merienda si no hay capitán
(no hay merienda si no hay capitán)
no hay merienda si no hay capitán




snifff me hubiese encantado estar ahi..

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