27-10-2005
Treinta monedas
Historia velocísima de la Iglesia Católica en siete párrafos
Treinta monedas
Manuel TalensRebelión
«Mi reino no es de este mundo», dijo
Jesús a Pilatos. Pocas horas después lo crucificaron. La suya fue una vida
malgastada,
pues murió sin haber aprendido cómo funcionan los negocios. En cambio Judas, un
antiguo pescador y el único de los apóstoles con rudimentos financieros, vendió
al Mesías por treinta monedas de oro y amortizó en unas horas los años perdidos
predicando amor y sin pescar una sola sardina. Fue un lucrativo golpe de mano,
ya que en Jerusalén treinta monedas eran una pequeña fortuna, hoy equivalente a
mil acciones de Halliburton o Microsoft. Judas habría podido prosperar
invirtiéndolas
bien, pero tenía conciencia y se ahorcó. No estaba hecho para ser empresario,
le faltaban agallas.
Los demás apóstoles, menos
individualistas y más corporativos, recuperaron las treinta monedas de la bolsa
del suicida y, tras el entierro de Jesús, fundaron con ellas una compañía de
compraventa al por mayor con sede central en Roma. Aquella operación fue el
primer blanqueo de dinero negro que refieren las crónicas.
Pedro, el primer presidente-director
general, patentó la compañía con el nombre de Iglesia Católica. El consejo
ejecutivo original adoptó los Evangelios como estatutos oficiales de la empresa,
pero puso en práctica una política económica de carácter terrenal, con
sobornos, asesinatos, cuartelazos y especulaciones inmobiliarias. Los
resultados hablan por sí mismos: veinte siglos después, su capital social
asciende a una cifra incalculable de lingotes y divisas fuertes y la compañía
compite en el feroz mercado global.
A lo largo de la historia, la
Iglesia Católica ha llevado a cabo algunas de las transacciones comerciales más
brillantes de que se tiene noticia: la absorción de los activos del imperio de
Constantino, el desarrollo urbanístico del Vaticano en los terrenos con mayor
plusvalía de la península itálica o la reciente desarticulación de la empresa
rival Imperio Soviético, tras una exitosa OPA hostil. Además, el Banco Vaticano,
que en contrapartida de un depósito de dinero pecador a plazo fijo por encima
de diez millones de euros ofrece una garantía de absolución perpetua más una
hectárea del paraíso si el depositante jura por su honor que en el futuro
utilizará
los intereses para obras virtuosas, está considerado como una de las diez
principales entidades crediticias del planeta.
Pese a la declaración inicial del
personaje bíblico que le sirve de referencia, ejemplo y logotipo, el reino de
la Iglesia Católica sí es de este mundo e incluye lujosos palacios, joyas,
obras de arte, think tanks, agencias
publicitarias, medios de comunicación de todo tipo (periódicos, emisoras de
radio y televisión, sitios web), clergymen
a la moda más in, delicadas sotanas
purpuradas prêt-à-porter y una
exquisita tendencia al esplendor antiguo en cada una de sus ceremonias. Como
cualquier
multinacional, su organigrama tiene forma de pirámide y desde el vértice va
descendiendo hasta la base mediante filiales de inferior categoría, si bien
todas ellas funcionan con precisión corporativa y cumplen órdenes estrictas del
presidente-director general, a quien los accionistas llaman cariñosamente Papa.
Un ejemplo típico de oficina regional es la de España, que está inscrita en el
registro
mercantil con la denominación social de Conferencia Episcopal Española y explota
el territorio de la nación. Los sucesivos directores-titulares que la
administran (en la jerga interna se los denomina obispos) suelen ser el
paradigma
del ejecutivo modelo. Se trata de hombres de acendrada rectitud y fervor
intelectual, cuyas declaraciones públicas ejercen una enorme influencia sobre la
clientela de la compañía.
Económicamente sensata, la cúpula de
la Iglesia Católica mantiene amistades y contactos entre las personas de bien y
ejerce una implacable oposición a cualquier activismo subversivo que amenace
con alterar la paz ciudadana y el statu
quo. Tampoco pierde el tiempo -pues el tiempo es oro- apoyando presupuestos
de alto riesgo, como son los inmigrantes pobres en los países ricos, la
educación subvencionada con fondos públicos o la medicina de carácter gratuito
y universal, y sólo invierte donde hay beneficios seguros.
Cuando una corporación está bien
gestionada y sabe escoger el personal que le conviene, treinta monedas dan para
mucho.
Treinta monedas
Historia velocísima de la Iglesia Católica en siete párrafos
Treinta monedas
Manuel TalensRebelión
«Mi reino no es de este mundo», dijo
Jesús a Pilatos. Pocas horas después lo crucificaron. La suya fue una vida
malgastada,
pues murió sin haber aprendido cómo funcionan los negocios. En cambio Judas, un
antiguo pescador y el único de los apóstoles con rudimentos financieros, vendió
al Mesías por treinta monedas de oro y amortizó en unas horas los años perdidos
predicando amor y sin pescar una sola sardina. Fue un lucrativo golpe de mano,
ya que en Jerusalén treinta monedas eran una pequeña fortuna, hoy equivalente a
mil acciones de Halliburton o Microsoft. Judas habría podido prosperar
invirtiéndolas
bien, pero tenía conciencia y se ahorcó. No estaba hecho para ser empresario,
le faltaban agallas.
Los demás apóstoles, menos
individualistas y más corporativos, recuperaron las treinta monedas de la bolsa
del suicida y, tras el entierro de Jesús, fundaron con ellas una compañía de
compraventa al por mayor con sede central en Roma. Aquella operación fue el
primer blanqueo de dinero negro que refieren las crónicas.
Pedro, el primer presidente-director
general, patentó la compañía con el nombre de Iglesia Católica. El consejo
ejecutivo original adoptó los Evangelios como estatutos oficiales de la empresa,
pero puso en práctica una política económica de carácter terrenal, con
sobornos, asesinatos, cuartelazos y especulaciones inmobiliarias. Los
resultados hablan por sí mismos: veinte siglos después, su capital social
asciende a una cifra incalculable de lingotes y divisas fuertes y la compañía
compite en el feroz mercado global.
A lo largo de la historia, la
Iglesia Católica ha llevado a cabo algunas de las transacciones comerciales más
brillantes de que se tiene noticia: la absorción de los activos del imperio de
Constantino, el desarrollo urbanístico del Vaticano en los terrenos con mayor
plusvalía de la península itálica o la reciente desarticulación de la empresa
rival Imperio Soviético, tras una exitosa OPA hostil. Además, el Banco Vaticano,
que en contrapartida de un depósito de dinero pecador a plazo fijo por encima
de diez millones de euros ofrece una garantía de absolución perpetua más una
hectárea del paraíso si el depositante jura por su honor que en el futuro
utilizará
los intereses para obras virtuosas, está considerado como una de las diez
principales entidades crediticias del planeta.
Pese a la declaración inicial del
personaje bíblico que le sirve de referencia, ejemplo y logotipo, el reino de
la Iglesia Católica sí es de este mundo e incluye lujosos palacios, joyas,
obras de arte, think tanks, agencias
publicitarias, medios de comunicación de todo tipo (periódicos, emisoras de
radio y televisión, sitios web), clergymen
a la moda más in, delicadas sotanas
purpuradas prêt-à-porter y una
exquisita tendencia al esplendor antiguo en cada una de sus ceremonias. Como
cualquier
multinacional, su organigrama tiene forma de pirámide y desde el vértice va
descendiendo hasta la base mediante filiales de inferior categoría, si bien
todas ellas funcionan con precisión corporativa y cumplen órdenes estrictas del
presidente-director general, a quien los accionistas llaman cariñosamente Papa.
Un ejemplo típico de oficina regional es la de España, que está inscrita en el
registro
mercantil con la denominación social de Conferencia Episcopal Española y explota
el territorio de la nación. Los sucesivos directores-titulares que la
administran (en la jerga interna se los denomina obispos) suelen ser el
paradigma
del ejecutivo modelo. Se trata de hombres de acendrada rectitud y fervor
intelectual, cuyas declaraciones públicas ejercen una enorme influencia sobre la
clientela de la compañía.
Económicamente sensata, la cúpula de
la Iglesia Católica mantiene amistades y contactos entre las personas de bien y
ejerce una implacable oposición a cualquier activismo subversivo que amenace
con alterar la paz ciudadana y el statu
quo. Tampoco pierde el tiempo -pues el tiempo es oro- apoyando presupuestos
de alto riesgo, como son los inmigrantes pobres en los países ricos, la
educación subvencionada con fondos públicos o la medicina de carácter gratuito
y universal, y sólo invierte donde hay beneficios seguros.
Cuando una corporación está bien
gestionada y sabe escoger el personal que le conviene, treinta monedas dan para
mucho.

![Egel de mi vida [?]](images/smilies/loveegel.gif)


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