Es como tratar de pasar de la Berlín soviética a la occidental. Como campos de concentración, pero de riqueza.
Me miran los agentes privados. Un cartel indica que tengo bajar las luces externas de mi auto y prender una interna que ilumine mi rostro. Lo hago. Lamento no haber traído nada blanco, para banderearlo y mostrar que vengo en son de paz. Se abre un pesado portón eléctrico.
“Vengo sólo a ver a mi cuñado”, digo como excusándome de quién sabe qué. El guardia sospecha de mi Gol: es modelo 2005 y tiene varios bollos, posible sospechoso.
“Mario, atendelo y dame su cédula que le voy a solicitar la autorización al interno, ¿QSL?”, dice el jefe de puesto que, a pesar de estar a pocos metros de nosotros, le habla a a su compañero través de un walkie talkie. Para adornar más el juego, porta una 9 milímetros en la cintura.
Se me acerca otro que tiene una itaca: me pide mis datos, me saca una foto con una webcam, me solicita el seguro y el registro. “Abrí el baúl”, lo mira un instante… Luego lo cierra, no del todo convencido -quizá tenga adentro algún misíl termonuclear que él no vio-. “El baúl está OK”, grita. Termina la pesquisa.
“El socio autorizó el ingreso, pero va a tener que llevar este cartel en el parabrisas delantero que indica que usted es una visita”, concluye el jefe.
“No vayas a más de 20 kilómetros por hora, además de los badenes, hay radares escondidos y cámaras de seguridad”, me amenazó otro que -a pesar de llevar 9 minutos enfrente mío-, todavía no me había mirado a los ojos.
Les agradezco. Una barrera roja y blanca se levanta.
Llego a la casa de mi cuñado. Un portón eléctrico en el frente con un cartel que reza: “Monitoreado con alarma X-28”, justo debajo de ese rótulo, otro que dice: “Cuidado con el perro”.
Toco el portero eléctrico, alguien me pregunta quién soy y me dice que ya me abre. No se si van a salir cuatro agentes de la Gestapo con un doberman hambriento de sangre o un familiar armado con una AK47.
A esto le dicen tranquilidad.
Obvio que si
Me miran los agentes privados. Un cartel indica que tengo bajar las luces externas de mi auto y prender una interna que ilumine mi rostro. Lo hago. Lamento no haber traído nada blanco, para banderearlo y mostrar que vengo en son de paz. Se abre un pesado portón eléctrico.
“Vengo sólo a ver a mi cuñado”, digo como excusándome de quién sabe qué. El guardia sospecha de mi Gol: es modelo 2005 y tiene varios bollos, posible sospechoso.
“Mario, atendelo y dame su cédula que le voy a solicitar la autorización al interno, ¿QSL?”, dice el jefe de puesto que, a pesar de estar a pocos metros de nosotros, le habla a a su compañero través de un walkie talkie. Para adornar más el juego, porta una 9 milímetros en la cintura.
Se me acerca otro que tiene una itaca: me pide mis datos, me saca una foto con una webcam, me solicita el seguro y el registro. “Abrí el baúl”, lo mira un instante… Luego lo cierra, no del todo convencido -quizá tenga adentro algún misíl termonuclear que él no vio-. “El baúl está OK”, grita. Termina la pesquisa.
“El socio autorizó el ingreso, pero va a tener que llevar este cartel en el parabrisas delantero que indica que usted es una visita”, concluye el jefe.
“No vayas a más de 20 kilómetros por hora, además de los badenes, hay radares escondidos y cámaras de seguridad”, me amenazó otro que -a pesar de llevar 9 minutos enfrente mío-, todavía no me había mirado a los ojos.
Les agradezco. Una barrera roja y blanca se levanta.
Llego a la casa de mi cuñado. Un portón eléctrico en el frente con un cartel que reza: “Monitoreado con alarma X-28”, justo debajo de ese rótulo, otro que dice: “Cuidado con el perro”.
Toco el portero eléctrico, alguien me pregunta quién soy y me dice que ya me abre. No se si van a salir cuatro agentes de la Gestapo con un doberman hambriento de sangre o un familiar armado con una AK47.
A esto le dicen tranquilidad.
Obvio que si


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