La capacidad de la T. dohrnii para rejuvenecer fue lo que llevó al equipo que dirige el científico Carlos López Otín en el Instituto Universitario de Oncología de la Universidad de Oviedo a estudiarla. No es la primera vez que su laboratorio escudriña en los genes de algún animal. En 2018 secuenciaron el genoma de George, último representante de las tortugas gigantes de las Galápagos, que murió hace una década tras vivir unos 100 años. También participaron en descifrar el código genético de la ballena boreal o el de otro ser también apodado inmortal, los tardígrados. Ahora, y en un trabajo solo de investigadores de distintos departamentos de la universidad ovetense, han secuenciado por primera vez el genoma de esta medusa y lo compararon el de una pariente cercana, la T. rubra, que sí es mortal. Sus resultados, publicados en la revista científica PNAS, muestran por qué se ha ganado el título de medusa inmortal.
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