"¿QUÉ ES EL VALOR?
El valor puede ser definido de distintas maneras, pero, en esencia, es la producción de nuevos bienes y servicios. Cómo se producen estos resultados (la producción), cómo se comparten en la economía (la distribución) y qué se hace con las ganancias que genera su producción (la reinversión) son cuestiones clave en la definición del valor económico. También resulta crucial si lo que se está creando es útil, es decir, los productos y servicios que se crean ¿aumentan o disminuyen la resistencia del sistema productivo? Por ejemplo, podría ocurrir que una nueva fábrica esté produciendo algo económicamente valioso, pero si contamina tanto como para destruir el sistema que la rodea, se podría considerar que no es valiosa.
Al mencionar «creación de valor» me refiero al modo en que las distintas clases de recursos (humanos, físicos e intangibles) se establecen e interactúan con el fin de producir nuevos bienes y servicios. Por «extracción de valor» entiendo las actividades centradas en mover recursos y productos existentes y en ganar de manera desproporcionada con su comercio posterior.
Es importante hacer una advertencia. En el libro utilizo las palabras «riqueza» y «valor» indistintamente. Alguien podría discutirlo si considera la riqueza como un concepto más monetario y el valor como uno potencialmente más social, lo que implica no solo valor, sino valores. Quiero aclarar cómo uso ambos términos. Utilizo «valor» en relación con el «proceso» mediante el cual se crea la riqueza; se trata de un flujo. Este flujo, por supuesto, da pie a cosas reales, ya sean tangibles (una hogaza de pan) o intangibles (un nuevo conocimiento). La «riqueza», en cambio, se considera un stock acumulado de valor ya creado. El libro se centra en el valor, así como en las fuerzas que lo producen; en el proceso. Pero también aborda las cuestiones alrededor de este proceso, que, con frecuencia, se expresan en función de «quiénes» son los creadores de riqueza. En este sentido, las palabras se utilizan indistintamente.
Durante mucho tiempo, la idea de valor estuvo en el centro de los debates sobre la economía, la producción y la distribución de los ingresos resultantes, y había sanos desacuerdos sobre dónde se encontraba, en realidad, el valor.
Para algunas escuelas de pensamiento económico, el precio de los productos era el resultado de la oferta y la demanda, pero su valor derivaba de la cantidad de trabajo que era necesaria para producir cosas, de la manera en
que los cambios tecnológicos y organizativos afectaban al trabajo, y de las relaciones entre el capital y la mano de obra. Más tarde, este énfasis en las condiciones «objetivas» de producción, en la tecnología y en las relaciones de poder fue sustituido por los conceptos de «escasez» y de las «preferencias» de los actores económicos; la cantidad de trabajo ofertada era determinada por la preferencia de los trabajadores por el tiempo libre en vez de por ganar una mayor cantidad de dinero. El valor, en otras palabras, se volvió subjetivo.
Hasta mediados del siglo XIX, además, casi todos los economistas asumían que para comprender los precios de los bienes y servicios antes era necesario tener una teoría objetiva del valor, una teoría vinculada a las condiciones en
que se producían esos bienes y servicios, que incluyera el tiempo necesario para producirlos y la calidad de la mano de obra empleada; así, los determinantes del «valor» conformaban realmente el precio de los bienes y servicios. Después, este pensamiento se modificó por completo. Muchos economistas llegaron a creer que el valor de las cosas quedaba determinado por el precio pagado en el mercado, o, en otras palabras, por lo que el consumidor estaba dispuesto a pagar. De repente, el valor era una percepción subjetiva. Cualesquiera de los bienes y servicios vendidos a un precio de mercado acordado eran, por definición, creadores de valor.
El cambio del valor determinado por el precio al precio determinado por el valor coincidió con las grandes transformaciones sociales de finales del siglo XIX. Una de ellas fue el auge del socialismo, que en parte basaba sus
demandas de reformas en la afirmación de que la mano de obra no estaba siendo recompensada de manera justa según el valor que creaba, y la consiguiente consolidación de una clase capitalista de productores. Como era de esperar, este último grupo se interesó mucho por la teoría alternativa, según la cual el precio determinaba el valor, una historia que le permitía defender su apropiación de una gran parte de la producción, olvidándose cada
vez más de la mano de obra.
En el mundo intelectual, los economistas querían que su disciplina pareciera «científica» —más cerca de la física que de la sociología— y, en consecuencia, prescindieron de las connotaciones políticas y sociales previas.
Si bien los escritos de Adam Smith se hallaban repletos de política y filosofía, como también lo estaban las primeras ideas sobre el funcionamiento de la economía, a principios del siglo XX, el campo que durante doscientos años se había llamado «economía política» se presentó purificado como «economía». Y la economía contaba una historia muy distinta.
Con el tiempo, el debate en torno a las distintas teorías del valor y las dinámicas de la creación de valor prácticamente desapareció de los departamentos de economía, apareciendo en las escuelas de negocios bajo un aspecto muy distinto: «valor para el accionista»,[25] «valor compartido»,[26] «cadenas de valor»,[27] «valor por dinero», «valorización», «añadir valor» y cosas por el estilo. De modo que, si antes los estudiantes de economía solían recibir una educación completa y variada respecto de la idea de valor, y aprendían lo que opinaban sobre el tema las distintas escuelas de pensamiento económico, hoy solo se les enseña que el valor viene determinado por las dinámicas de precios, debidas a la escasez y a las preferencias.
Esto no se presenta como una teoría particular del valor, sino como «Introducción a la Economía», la introducción a la materia. De este modo, se da por sentada una idea de valor intelectualmente empobrecida; tan solo se asume que es cierta. Y la desaparición del concepto de «valor», como sostiene este libro, ha hecho que, paradójicamente, resulte mucho más fácil usar y abusar de este término fundamental, el «valor» —un concepto que reside en el corazón del
pensamiento económico—, de la manera que cualquiera considere más útil.
"
libro en pdf
El valor puede ser definido de distintas maneras, pero, en esencia, es la producción de nuevos bienes y servicios. Cómo se producen estos resultados (la producción), cómo se comparten en la economía (la distribución) y qué se hace con las ganancias que genera su producción (la reinversión) son cuestiones clave en la definición del valor económico. También resulta crucial si lo que se está creando es útil, es decir, los productos y servicios que se crean ¿aumentan o disminuyen la resistencia del sistema productivo? Por ejemplo, podría ocurrir que una nueva fábrica esté produciendo algo económicamente valioso, pero si contamina tanto como para destruir el sistema que la rodea, se podría considerar que no es valiosa.
Al mencionar «creación de valor» me refiero al modo en que las distintas clases de recursos (humanos, físicos e intangibles) se establecen e interactúan con el fin de producir nuevos bienes y servicios. Por «extracción de valor» entiendo las actividades centradas en mover recursos y productos existentes y en ganar de manera desproporcionada con su comercio posterior.
Es importante hacer una advertencia. En el libro utilizo las palabras «riqueza» y «valor» indistintamente. Alguien podría discutirlo si considera la riqueza como un concepto más monetario y el valor como uno potencialmente más social, lo que implica no solo valor, sino valores. Quiero aclarar cómo uso ambos términos. Utilizo «valor» en relación con el «proceso» mediante el cual se crea la riqueza; se trata de un flujo. Este flujo, por supuesto, da pie a cosas reales, ya sean tangibles (una hogaza de pan) o intangibles (un nuevo conocimiento). La «riqueza», en cambio, se considera un stock acumulado de valor ya creado. El libro se centra en el valor, así como en las fuerzas que lo producen; en el proceso. Pero también aborda las cuestiones alrededor de este proceso, que, con frecuencia, se expresan en función de «quiénes» son los creadores de riqueza. En este sentido, las palabras se utilizan indistintamente.
Durante mucho tiempo, la idea de valor estuvo en el centro de los debates sobre la economía, la producción y la distribución de los ingresos resultantes, y había sanos desacuerdos sobre dónde se encontraba, en realidad, el valor.
Para algunas escuelas de pensamiento económico, el precio de los productos era el resultado de la oferta y la demanda, pero su valor derivaba de la cantidad de trabajo que era necesaria para producir cosas, de la manera en
que los cambios tecnológicos y organizativos afectaban al trabajo, y de las relaciones entre el capital y la mano de obra. Más tarde, este énfasis en las condiciones «objetivas» de producción, en la tecnología y en las relaciones de poder fue sustituido por los conceptos de «escasez» y de las «preferencias» de los actores económicos; la cantidad de trabajo ofertada era determinada por la preferencia de los trabajadores por el tiempo libre en vez de por ganar una mayor cantidad de dinero. El valor, en otras palabras, se volvió subjetivo.
Hasta mediados del siglo XIX, además, casi todos los economistas asumían que para comprender los precios de los bienes y servicios antes era necesario tener una teoría objetiva del valor, una teoría vinculada a las condiciones en
que se producían esos bienes y servicios, que incluyera el tiempo necesario para producirlos y la calidad de la mano de obra empleada; así, los determinantes del «valor» conformaban realmente el precio de los bienes y servicios. Después, este pensamiento se modificó por completo. Muchos economistas llegaron a creer que el valor de las cosas quedaba determinado por el precio pagado en el mercado, o, en otras palabras, por lo que el consumidor estaba dispuesto a pagar. De repente, el valor era una percepción subjetiva. Cualesquiera de los bienes y servicios vendidos a un precio de mercado acordado eran, por definición, creadores de valor.
El cambio del valor determinado por el precio al precio determinado por el valor coincidió con las grandes transformaciones sociales de finales del siglo XIX. Una de ellas fue el auge del socialismo, que en parte basaba sus
demandas de reformas en la afirmación de que la mano de obra no estaba siendo recompensada de manera justa según el valor que creaba, y la consiguiente consolidación de una clase capitalista de productores. Como era de esperar, este último grupo se interesó mucho por la teoría alternativa, según la cual el precio determinaba el valor, una historia que le permitía defender su apropiación de una gran parte de la producción, olvidándose cada
vez más de la mano de obra.
En el mundo intelectual, los economistas querían que su disciplina pareciera «científica» —más cerca de la física que de la sociología— y, en consecuencia, prescindieron de las connotaciones políticas y sociales previas.
Si bien los escritos de Adam Smith se hallaban repletos de política y filosofía, como también lo estaban las primeras ideas sobre el funcionamiento de la economía, a principios del siglo XX, el campo que durante doscientos años se había llamado «economía política» se presentó purificado como «economía». Y la economía contaba una historia muy distinta.
Con el tiempo, el debate en torno a las distintas teorías del valor y las dinámicas de la creación de valor prácticamente desapareció de los departamentos de economía, apareciendo en las escuelas de negocios bajo un aspecto muy distinto: «valor para el accionista»,[25] «valor compartido»,[26] «cadenas de valor»,[27] «valor por dinero», «valorización», «añadir valor» y cosas por el estilo. De modo que, si antes los estudiantes de economía solían recibir una educación completa y variada respecto de la idea de valor, y aprendían lo que opinaban sobre el tema las distintas escuelas de pensamiento económico, hoy solo se les enseña que el valor viene determinado por las dinámicas de precios, debidas a la escasez y a las preferencias.
Esto no se presenta como una teoría particular del valor, sino como «Introducción a la Economía», la introducción a la materia. De este modo, se da por sentada una idea de valor intelectualmente empobrecida; tan solo se asume que es cierta. Y la desaparición del concepto de «valor», como sostiene este libro, ha hecho que, paradójicamente, resulte mucho más fácil usar y abusar de este término fundamental, el «valor» —un concepto que reside en el corazón del
pensamiento económico—, de la manera que cualquiera considere más útil.
"
libro en pdf
