Piratas y contrabandistas
Tomado de http://www.uacam.mx./campeche/actual/piratas.htm
La piratería era una actividad tan frecuente que, durante varios años, las mercancías que entraban por este concepto a las plazas podían superar, o al menos igualar, a aquellas declaradas en las aduanas. No era extraño que, en esa época, se bebiera, en algunos lugares de la Península de Yucatán, ron jamaiquino o que el azúcar para el chocolate proviniese de Barbados o que en algunas casas se tuvieran vinos franceses, quesos holandeses o botellas de cerveza inglesa, productos prohibidos para la importación a no ser que pasaran por el sistema de comercio monopólico español, llegando encarecidos notablemente, alcanzando algunas veces precios absurdos.
El contrabando ha sido siempre considerado una actividad delictiva y a él fueron rápidamente asociados los nombres de piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros, aunque con frecuencia tan mezclados que parecían significar lo mismo, en parte porque se dedicaban, además, al comercio ilegal. Debemos recordar que los piratas eran "bandidos" que se apoderaban de las mercancías que transportaban otras embarcaciones sin dar a ese hecho una justificación política. Los corsarios, en cambio, tenían una patente de "corso", una especie de permiso de su gobierno para apoderarse de las naves y mercancías de potencias enemigas, siendo generalmente víctimas los españoles. Sostenidos por sus países, no tardaron en caer en la anarquía, atacando cualquier embarcación, regresando en la práctica a la piratería. Muchas veces los corsarios trataban de obligar a las plazas que sitiaban a negociar; cuando se negaban, eran obligadas por la fuerza a entregar mercancías almacenadas.
Los bucaneros deben su nombre, en cambio, a la voz del caribe "boucan", que designa la forma de preparar la carne ahumada, actividad a la que se dedicaban en un principio. Su modo de vida se basaba en la cacería de puercos salvajes y la venta de las carnes preparadas a las embarcaciones que transitaban por la costa deshabitada de Santo Domingo. Fue hasta después de varios años, cuando los españoles destruyeron los bosques en los que operaban los bucaneros con el propósito de echarlos definitivamente de la Isla, que estos cazadores comenzaron a atacar embarcaciones transformándose en "filibusteros".
Los filibusteros no reconocían pertenecer a ningún país europeo y se organizaron en una sociedad, "La Hermandad de la Costa", ubicada en la legendaria Isla de la Tortuga, cofradía que llegó a miles de miembros y que se hizo famosa en el orbe. El núcleo de esta colonia se formó con los sobrevivientes de las persecuciones españolas en Santo Domingo, a los que se fueron agregando, poco a poco, aventureros llegados de todas partes, náufragos, marineros víctimas de ataques piráticos y cientos de perseguidos europeos que veían en la Tortuga y su Hermandad la única manera de alcanzar la libertad. Es así como el comercio ilegal llegó a ser el medio de redistribución de los bienes en todo el Caribe y el Golfo, además de la forma más barata de intercambio de productos, negociación ilícita que se prolongó aún mucho tiempo después de la apertura comercial de fines del siglo XVIII.
Tomado de http://www.uacam.mx./campeche/actual/piratas.htm
La piratería era una actividad tan frecuente que, durante varios años, las mercancías que entraban por este concepto a las plazas podían superar, o al menos igualar, a aquellas declaradas en las aduanas. No era extraño que, en esa época, se bebiera, en algunos lugares de la Península de Yucatán, ron jamaiquino o que el azúcar para el chocolate proviniese de Barbados o que en algunas casas se tuvieran vinos franceses, quesos holandeses o botellas de cerveza inglesa, productos prohibidos para la importación a no ser que pasaran por el sistema de comercio monopólico español, llegando encarecidos notablemente, alcanzando algunas veces precios absurdos.
El contrabando ha sido siempre considerado una actividad delictiva y a él fueron rápidamente asociados los nombres de piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros, aunque con frecuencia tan mezclados que parecían significar lo mismo, en parte porque se dedicaban, además, al comercio ilegal. Debemos recordar que los piratas eran "bandidos" que se apoderaban de las mercancías que transportaban otras embarcaciones sin dar a ese hecho una justificación política. Los corsarios, en cambio, tenían una patente de "corso", una especie de permiso de su gobierno para apoderarse de las naves y mercancías de potencias enemigas, siendo generalmente víctimas los españoles. Sostenidos por sus países, no tardaron en caer en la anarquía, atacando cualquier embarcación, regresando en la práctica a la piratería. Muchas veces los corsarios trataban de obligar a las plazas que sitiaban a negociar; cuando se negaban, eran obligadas por la fuerza a entregar mercancías almacenadas.
Los bucaneros deben su nombre, en cambio, a la voz del caribe "boucan", que designa la forma de preparar la carne ahumada, actividad a la que se dedicaban en un principio. Su modo de vida se basaba en la cacería de puercos salvajes y la venta de las carnes preparadas a las embarcaciones que transitaban por la costa deshabitada de Santo Domingo. Fue hasta después de varios años, cuando los españoles destruyeron los bosques en los que operaban los bucaneros con el propósito de echarlos definitivamente de la Isla, que estos cazadores comenzaron a atacar embarcaciones transformándose en "filibusteros".
Los filibusteros no reconocían pertenecer a ningún país europeo y se organizaron en una sociedad, "La Hermandad de la Costa", ubicada en la legendaria Isla de la Tortuga, cofradía que llegó a miles de miembros y que se hizo famosa en el orbe. El núcleo de esta colonia se formó con los sobrevivientes de las persecuciones españolas en Santo Domingo, a los que se fueron agregando, poco a poco, aventureros llegados de todas partes, náufragos, marineros víctimas de ataques piráticos y cientos de perseguidos europeos que veían en la Tortuga y su Hermandad la única manera de alcanzar la libertad. Es así como el comercio ilegal llegó a ser el medio de redistribución de los bienes en todo el Caribe y el Golfo, además de la forma más barata de intercambio de productos, negociación ilícita que se prolongó aún mucho tiempo después de la apertura comercial de fines del siglo XVIII.


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