Existe una íntima relación, particularmente a partir de la Revolución Industrial, entre el avance de la ciencia, las creaciones de la tecnología, la industrialización y el desarrollo económico. Este proceso ha sido visible realidad en países de Europa, en Estados Unidos y en Japón, y alcanzó a todas las actividades sociales, incluidas las formas de librar las guerras. De ahí que, hasta la Segunda Guerra Mundial incluida, fueron aplicándose al área militar los conceptos asociados con la producción en masa, la estandarización, el planeamiento de las operaciones en el Estado Mayor, la especialización y el adiestramiento del personal y la formación de oficiales en colegios y academias militares. Asimismo, se desarrollaron e incorporaron constantemente nuevos ingenios tecnológicos de aplicación militar.
Todos esos avances provocaron significativos aumentos de las capacidades operativas en las fuerzas de tierra, mar y aire, y del alcance, la precisión y el poder de fuego de sus sistemas de armas. Consecuentemente, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, los ejércitos, marinas de guerra y flotas aéreas ostentaban un impresionante poder destructivo. Por último, en los días finales de la guerra se alcanzó el cenit del poder de destrucción con las dos primeras bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki.
A partir de, aproximadamente, mediados de la década del 60, hace eclosión la alta tecnología, que reconoce como hechos iniciadores invenciones tales como el circuito integrado o "chip", y descubrimientos como el rayo láser. Su aplicación, en las áreas de la computación digital, las comunicaciones y la tecnología espacial provoca un vuelco copernicano en materia de velocidades y capacidades operativas, reducciones de tamaño y confiabilidad.
La economía adquiere en este renovado escenario de la tecnología un perfil diferente. A los tradicionales factores de la producción -tierra, capital y trabajo-, se suma uno nuevo, cualitativamente diferente: el conocimiento científico y tecnológico.
Los factores tradicionales son, en general, limitados, mientras que el conocimiento, desarrollado en forma exponencial en las últimas décadas, puede aplicarse reiteradamente, sin consumirse ni "gastarse". De ahí que se denomine a la nueva economía "economía del conocimiento" y que, como dice el analista francés H. Seriéys: "En adelante, la materia prima estratégica es la materia gris".
¿Se ha trasladado el nuevo perfil de la economía y la nueva ola de conocimientos a la guerra? La respuesta es afirmativa y fue durante la Guerra del Golfo, en 1991, cuando las fuerzas armadas de Estados Unidos aplicaron la nueva concepción estratégica del "combate aeroterrestre". Según esa estrategia, concebida en la década del 80 para enfrentar un eventual ataque masivo de fuerzas soviéticas en Europa, iniciada la guerra, se pone en ejecución una inmediata acción ofensiva mediante el empleo de recursos de alta tecnología. Se trata de una "batalla en profundidad", sin un frente de estilo tradicional, donde los sistemas de exploración y detección de blancos obtienen con rapidez una imagen completa del despliegue enemigo. A partir de esa información, los aviones -algunos de ellos invisibles al radar- atacan arrojando sus bombas guiadas por rayos láser y los misiles "inteligentes" alcanzan con precisión quirúrgica objetivos neurálgicos, tales como puestos de comando, comunicaciones y radares, quebrantando el cerebro y los nervios del enemigo.
En el Golfo el éxito fue espectacular.
El tema de los robots no es nuevo y la historia registra en siglos pasados algunos curiosos e inoperantes ejemplos. Pero la situación, a fines del siglo XX y principios del XXI, ha cambiado en forma dramática en virtud de las perspectivas que brindan la tecnología informática y los recientes progresos en inteligencia artificial.
Los especialistas afirman que esos avances se traducirán en la aparición de generaciones sucesivas de robots que irán alcanzando niveles "mentales" crecientes y que, eventualmente, adquirirán capacidades de percepción y razonamiento similares a los del hombre.
El cuadro de situación delineado y sus perspectivas explican que la automatización en general y la robotización en particular tengan ya vigencia en las industrias civiles de los países desarrollados y, en consecuencia, en el área militar. En la Guerra del Golfo ya se utilizaron pequeños aviones sin piloto, con control remoto, para cumplir misiones de reconocimiento de blancos y detección de daños causados por bombas.
Esas primeras experiencias exitosas impulsaron en Estados Unidos la realización, durante los años siguientes, de trabajos de investigación y desarrollo orientados a la producción de ingenios robotizados, tales como tanques no tripulados, robots soldados o bombarderos sin piloto. Un primer ejemplo es el de los pequeños vehículos robotizados (ver LA NACION del 25 de enero de 2005) que el ejército de Estados Unidos hará entrar en acción en Irak. Operado con control remoto, con un peso de 38 kilos y una velocidad de 7,6 km/hora, está equipado con orugas todo terreno, ametralladora, cámara y binoculares con visión nocturna y baterías de litio.
Todo indica que las experiencias obtenidas y la continuación de los estudios se traducirán en el empleo creciente de los robots en la guerra, haciendo de la robotización un eslabón más en el proceso de cambio, impulsado por la tecnología, de las tácticas y la estrategia de guerra. No obstante, es necesario decir que este tipo de proceso no es lineal y que eventuales fallas de diseño o de funcionamiento o acciones "inteligentes" del enemigo o del terrorismo pueden crear situaciones no siempre fáciles de superar.
Por otra parte, es necesario señalar que la robotización de la guerra se inserta a la perfección en la doctrina de guerra americana, que hace de la minimización de las bajas humanas una hipótesis operativa fundamental, aunque ello implique enormes inversiones en material bélico.
Todos esos avances provocaron significativos aumentos de las capacidades operativas en las fuerzas de tierra, mar y aire, y del alcance, la precisión y el poder de fuego de sus sistemas de armas. Consecuentemente, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, los ejércitos, marinas de guerra y flotas aéreas ostentaban un impresionante poder destructivo. Por último, en los días finales de la guerra se alcanzó el cenit del poder de destrucción con las dos primeras bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki.
A partir de, aproximadamente, mediados de la década del 60, hace eclosión la alta tecnología, que reconoce como hechos iniciadores invenciones tales como el circuito integrado o "chip", y descubrimientos como el rayo láser. Su aplicación, en las áreas de la computación digital, las comunicaciones y la tecnología espacial provoca un vuelco copernicano en materia de velocidades y capacidades operativas, reducciones de tamaño y confiabilidad.
La economía adquiere en este renovado escenario de la tecnología un perfil diferente. A los tradicionales factores de la producción -tierra, capital y trabajo-, se suma uno nuevo, cualitativamente diferente: el conocimiento científico y tecnológico.
Los factores tradicionales son, en general, limitados, mientras que el conocimiento, desarrollado en forma exponencial en las últimas décadas, puede aplicarse reiteradamente, sin consumirse ni "gastarse". De ahí que se denomine a la nueva economía "economía del conocimiento" y que, como dice el analista francés H. Seriéys: "En adelante, la materia prima estratégica es la materia gris".
¿Se ha trasladado el nuevo perfil de la economía y la nueva ola de conocimientos a la guerra? La respuesta es afirmativa y fue durante la Guerra del Golfo, en 1991, cuando las fuerzas armadas de Estados Unidos aplicaron la nueva concepción estratégica del "combate aeroterrestre". Según esa estrategia, concebida en la década del 80 para enfrentar un eventual ataque masivo de fuerzas soviéticas en Europa, iniciada la guerra, se pone en ejecución una inmediata acción ofensiva mediante el empleo de recursos de alta tecnología. Se trata de una "batalla en profundidad", sin un frente de estilo tradicional, donde los sistemas de exploración y detección de blancos obtienen con rapidez una imagen completa del despliegue enemigo. A partir de esa información, los aviones -algunos de ellos invisibles al radar- atacan arrojando sus bombas guiadas por rayos láser y los misiles "inteligentes" alcanzan con precisión quirúrgica objetivos neurálgicos, tales como puestos de comando, comunicaciones y radares, quebrantando el cerebro y los nervios del enemigo.
En el Golfo el éxito fue espectacular.
El tema de los robots no es nuevo y la historia registra en siglos pasados algunos curiosos e inoperantes ejemplos. Pero la situación, a fines del siglo XX y principios del XXI, ha cambiado en forma dramática en virtud de las perspectivas que brindan la tecnología informática y los recientes progresos en inteligencia artificial.
Los especialistas afirman que esos avances se traducirán en la aparición de generaciones sucesivas de robots que irán alcanzando niveles "mentales" crecientes y que, eventualmente, adquirirán capacidades de percepción y razonamiento similares a los del hombre.
El cuadro de situación delineado y sus perspectivas explican que la automatización en general y la robotización en particular tengan ya vigencia en las industrias civiles de los países desarrollados y, en consecuencia, en el área militar. En la Guerra del Golfo ya se utilizaron pequeños aviones sin piloto, con control remoto, para cumplir misiones de reconocimiento de blancos y detección de daños causados por bombas.
Esas primeras experiencias exitosas impulsaron en Estados Unidos la realización, durante los años siguientes, de trabajos de investigación y desarrollo orientados a la producción de ingenios robotizados, tales como tanques no tripulados, robots soldados o bombarderos sin piloto. Un primer ejemplo es el de los pequeños vehículos robotizados (ver LA NACION del 25 de enero de 2005) que el ejército de Estados Unidos hará entrar en acción en Irak. Operado con control remoto, con un peso de 38 kilos y una velocidad de 7,6 km/hora, está equipado con orugas todo terreno, ametralladora, cámara y binoculares con visión nocturna y baterías de litio.
Todo indica que las experiencias obtenidas y la continuación de los estudios se traducirán en el empleo creciente de los robots en la guerra, haciendo de la robotización un eslabón más en el proceso de cambio, impulsado por la tecnología, de las tácticas y la estrategia de guerra. No obstante, es necesario decir que este tipo de proceso no es lineal y que eventuales fallas de diseño o de funcionamiento o acciones "inteligentes" del enemigo o del terrorismo pueden crear situaciones no siempre fáciles de superar.
Por otra parte, es necesario señalar que la robotización de la guerra se inserta a la perfección en la doctrina de guerra americana, que hace de la minimización de las bajas humanas una hipótesis operativa fundamental, aunque ello implique enormes inversiones en material bélico.





por dios, estaba seguro que ibas a decir eso... o lo iba a decir yo!



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