YOES
Y caminaba despreocupado una mañana del pasado verano en la banquina de una ruta con rumbo a una localidad cercana, cuando comencé a sentir un poco de frío, el cielo se mostraba despejado y un viento del este silbaba tenue en mis oídos mientras mis pasos se cansaban del camino, y fue entonces cuando me di cuenta que solo llevaba puestos una prenda interior y mi reloj en un además que estaba descalzo y no lograba recordar para que y como había llegado hasta ese lugar, detuve la marcha desconcertada e intente tranquilizarme para ordenar las ideas, pero nada lograba esclarecerme y decidí impulsivo invertir el rumbo con paso apresurado, en cada cruce con vehículos la vergüenza semidesnuda me aceleraba y me puse a lucubrar una explicación coherente que me justificara mientras continuaba desplazándome por la banquina, al penetrar en los suburbios de la ciudad e intentar detener algunos de los escasos taxis de aquella madrugada, noté esta vez mas sorprendido que los tacheros no me oían ni tampoco me miraban, los conductores y transeúntes transcurrían como ajenos, y decidí entonces abordar un colectivo urbano, pero me pensaba dando alguna explicación mientras ofrecía vanamente mi reloj a cambio de algún dinerillo, cuando las personas que esperaban conmigo sin considerarme, se desplazaron subiendo al vehículo recién arribado a través de mi organismo, el suceso aumentó mi desconcierto y el colectivo se marchó desconcertado sin que pudiera utilizarlo; totalmente desconcertado me resigné a caminar inciertamente en mi concierto resignado, así que recorrí el bulevar hasta el parque que atravesé en diagonal para acortar el camino, y ya en la avenida clareada con el día amanecido, encontré algunas personas de mi barrio que reiterándose como autómatas en su rutina ni siquiera se enteraban de mis saludos, las porteras y empleados locales que lavaban las veredas, me traspasaban con el agua de sus baldes o mangueras, y en mi aire que tenía olor a café con tostados de panes o medialunas recién horneadas, progresé las cuadras restantes hasta llegar a la puerta del edificio donde resido, oprimí tres veces el llamador del departamento como era el habito acordado con mis conocidos, y al no obtener respuesta repetí la acción insistentemente hasta el momento en que me interrogué desde adentro con fastidio. _ Quien es. _ Soy yo. Respondí subalterno con tono quedo desde afuera. _ Bueno ya voy. Me contesté aun enojado. Y transcurrido un tiempo breve pude verme a través del vidrio de la puerta de calle abriendo el ascensor, mi barba matinal y mi cabello desprolijo me incomodaban mientras ascendíamos silenciosos en la incipiente vigilia que no lograba conciliarnos, así que nos levantamos, nos afeitamos bajo la ducha y nos vestimos con la ropa limpia de esa mañana para continuar con el rito del despertar en el mismo bar de todas las esquina, y permanecimos allí acostumbradamente abstraídos buscando alguna explicación razonadamente aceptable del suceso, cuando el sabor del café se mezclaba con la esencia del cigarrillo, y el parloteo de la gente con los sonidos e imágenes del televisor, lograba finalmente como todos los días, en todos los bares de todas mis esquinas, que él se me revelara como aquel imposible, tal como me ocurría todas las mañanas, en el mismo bar de todas mis esquinas, que me definían singular mientras yo continuaba pensando con él.
Y caminaba despreocupado una mañana del pasado verano en la banquina de una ruta con rumbo a una localidad cercana, cuando comencé a sentir un poco de frío, el cielo se mostraba despejado y un viento del este silbaba tenue en mis oídos mientras mis pasos se cansaban del camino, y fue entonces cuando me di cuenta que solo llevaba puestos una prenda interior y mi reloj en un además que estaba descalzo y no lograba recordar para que y como había llegado hasta ese lugar, detuve la marcha desconcertada e intente tranquilizarme para ordenar las ideas, pero nada lograba esclarecerme y decidí impulsivo invertir el rumbo con paso apresurado, en cada cruce con vehículos la vergüenza semidesnuda me aceleraba y me puse a lucubrar una explicación coherente que me justificara mientras continuaba desplazándome por la banquina, al penetrar en los suburbios de la ciudad e intentar detener algunos de los escasos taxis de aquella madrugada, noté esta vez mas sorprendido que los tacheros no me oían ni tampoco me miraban, los conductores y transeúntes transcurrían como ajenos, y decidí entonces abordar un colectivo urbano, pero me pensaba dando alguna explicación mientras ofrecía vanamente mi reloj a cambio de algún dinerillo, cuando las personas que esperaban conmigo sin considerarme, se desplazaron subiendo al vehículo recién arribado a través de mi organismo, el suceso aumentó mi desconcierto y el colectivo se marchó desconcertado sin que pudiera utilizarlo; totalmente desconcertado me resigné a caminar inciertamente en mi concierto resignado, así que recorrí el bulevar hasta el parque que atravesé en diagonal para acortar el camino, y ya en la avenida clareada con el día amanecido, encontré algunas personas de mi barrio que reiterándose como autómatas en su rutina ni siquiera se enteraban de mis saludos, las porteras y empleados locales que lavaban las veredas, me traspasaban con el agua de sus baldes o mangueras, y en mi aire que tenía olor a café con tostados de panes o medialunas recién horneadas, progresé las cuadras restantes hasta llegar a la puerta del edificio donde resido, oprimí tres veces el llamador del departamento como era el habito acordado con mis conocidos, y al no obtener respuesta repetí la acción insistentemente hasta el momento en que me interrogué desde adentro con fastidio. _ Quien es. _ Soy yo. Respondí subalterno con tono quedo desde afuera. _ Bueno ya voy. Me contesté aun enojado. Y transcurrido un tiempo breve pude verme a través del vidrio de la puerta de calle abriendo el ascensor, mi barba matinal y mi cabello desprolijo me incomodaban mientras ascendíamos silenciosos en la incipiente vigilia que no lograba conciliarnos, así que nos levantamos, nos afeitamos bajo la ducha y nos vestimos con la ropa limpia de esa mañana para continuar con el rito del despertar en el mismo bar de todas las esquina, y permanecimos allí acostumbradamente abstraídos buscando alguna explicación razonadamente aceptable del suceso, cuando el sabor del café se mezclaba con la esencia del cigarrillo, y el parloteo de la gente con los sonidos e imágenes del televisor, lograba finalmente como todos los días, en todos los bares de todas mis esquinas, que él se me revelara como aquel imposible, tal como me ocurría todas las mañanas, en el mismo bar de todas mis esquinas, que me definían singular mientras yo continuaba pensando con él.



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